jueves, 16 de julio de 2015

El truco en Estas Calles

El truco en Estas Calles


El otro día fui al bar de Don Carlos, el viejo de abundante barba blanca, intentando encontrar alguna aventura que diera un poco de emoción a aquél domingo nefasto y triste. Porque, como ya todos sabemos, los domingos son los días en que los fantasmas melancólicos merodean durante toda la tarde, para desembocar en un ataque demoníaco de tristeza por la noche. Algunos afirman esto diciendo que es un ritual que ellos tienen para comenzar la semana. Otros, simplemente, creemos que lo hacen de lo aburridos que están.
En fin, ingresé al bar con los pocos pesos que tenía en el bolsillo. Enfilé hacia la barra y vi a Don Carlos. Como siempre, lucía su roja nariz gigante, sus ojos algo tediosos (por el humo del pucho, quizá) y su larga y nutrida barba blanca. Esta llamativa característica personal era la que daba nombre al bar: “La Barblanca”, pero todos conocíamos el lugar por “lo de Don Carlos”.
Le pedí un café y me fui a sentar a una de las mesas que da a la calle Dinastía, ya que el bar se encuentra en la esquina de Dinastía y Paso de Los Pobres. Cruel paradoja elegir una mesa de esa calle, cuando mi economía decía que debía ubicarme en una mesa que diera a la otra calle.
Me quedé colgado viendo por el ventanal los autos pasar, expidiendo ese afligido humo negro y pensando en pedirle fuego a una bella señorita que estaba en la otra esquina del bar, como pretexto para iniciar una charla. Cuando llega el café, se me acerca un hombre, de unos cincuenta años, y me dice algo. Yo no entendí bien, ya que estaba pagándole a una de las hermosas morochas que tenía el bar como mesera.
El hombre me vuelve a repetir:
– Te juego, dale.
– ¿A qué? Pregunto yo.
– Al truco, hombre, ¿a qué otra cosa podríamos jugar en este bar?
– Y bueno, siéntese nomás... ¿Por qué jugamos, por un café o por plata?
A lo que el tipo contesta:
– Hagamos así: si yo gano, usted no volverá a pisar este bar por un buen tiempo y yo iré a hablarle a esa hermosa señorita que está allá; ahora, si usted gana, el derecho de ir a hablarle será suyo. ¿Qué le parece?
Asombrado, le pregunto:
– ¿Y usted cómo supuso que yo estaba viéndola?
En tono soberbio, contestó:
– Es que en este bar no existen los misterios. Yo se todo sobre usted y usted lo sabe todo sobre mí. Tal es así que yo se que usted, en este momento, está pensando en que yo voy a hacerle trampa, lo cual puede ser que sea verdad.
Solté una carcajada cómplice y acepté.
El tipo sacó de su bolsillo un mazo de cartas recién comprado (hasta tenía la etiqueta verde del precio), lo abrió, separó los ochos, nueves y comodines y comenzamos a jugar.
En la primera mano, me canta “Falta envido”. Yo, con treinta y uno, obviamente acepté. Como era mano yo, tuve que cantar primero: “treinta y uno, hombre”. El muy suertudo, dice: “treinta y dos son mejores”.
Quedé impresionado. ¿Cómo hizo para tener tanta suerte?
Le pregunté:
– ¿Estás seguro que estas cartas son nuevas? Porque las cartas nuevas generalmente nunca traen tanta suerte.
– Eso es lo que te hicieron creer a vos. Contestó.
Como usted sabrá, me ganó el primer chico de la partida, así que tuvimos que comenzar con el segundo chico. Casi era cuestión de vida o muerte, ya que si él me ganaba, tendría el derecho de ir a hablar con aquella señorita y yo debía abandonar el bar por un buen tiempo.
Por cierto, la mujer seguía sentada allí. Ahora estaba fumando. No tenía más de treinta años, pero la tristeza que mostraba su cara hacía dar cuenta de un pesar que llevaba mucho tiempo. En una de esas, ella gira la cabeza y me mira cómplicemente, como si hubiese entendido la situación y me dijera: “Dale, ganá vos que yo te quiero a vos”. Eso me revitalizó, ya que si yo llegara a perder el juego, supe que la muchacha no sería feliz de hablar con este viejo canoso que estaba sentado delante mío con un mazo de cartas.
– Tenés que dar vos.
Agarré el mazo, ahora con un poco más de motivación, y comencé a mezclar las cartas. El tipo corta y reparto.
“¡Flor!”, cantó el tipo. Por dentro pensé: “Pucha, ¡la suerte que tiene éste!”.
Pero yo canté:
– Contraflor al resto, hombre, ¡y no se me achique, eh!
– Quiero. Treinta y uno.
A lo que respondí:
– ¡Treinta y dos! ¡Qué tarro!
Ahora la historia se daba vuelta, la suerte ya no sabía para lado de quién jugar. Yo metí el segundo chico y faltaba definir. El que ganara, tendría el derecho de ir a hablar con la deslumbrante muchacha; el que perdiera, no pisaría más el bar. ¡Y yo tenía todas las de ganar! La mujer, que de lejos estaba atenta escuchando mis gritos de euforia, seguía alentándome con su mirada.
Le dije al tipo:
– Ahora sí, definamos la historia. Definamos de una vez. Tome el mazo y reparta. Le deseo muy  buena suerte.
Comenzamos el último juego. Yo sentía como si estuviese jugando la final del mundo contra Alemania en Brasil. Cada truco perdido y cada ancho de espada que llegaba a mi mano me hacían sentir el corazón en la garganta. Las manos me transpiraban y mis ojos latían al ritmo de mi corazón, al mismo tiempo que la muchacha seguía mirándonos, hinchando por mí, deseándome la mejor de las suertes. El juego fue demasiado parejo. Hubo envidos ganados con treinta y tres para ambos, y todos los trucos fueron ganados con una carta más alta que un tres. Hasta tengo la sensación de que en ninguna mano estuvo ausente el ancho de espada. Tampoco recuerdo haber visto el cuatro de copas.
Al llegar a la última mano, ambos teníamos veintisiete puntos. El que ganara un envido y un truco, el que ganara un real envido, al que le tocara una flor o varias casualidades más, obtendría el triunfo y el derecho de hablar con aquella mujer. Cada maniobra debía ser pensada de manera astuta e infalible.
Le tocó repartir a él. A mí me tocaron el tres y seis de espada y el siete de oro. Por dentro, sentí que a mi contrincante no le habían tocado buenas cartas. Le canté envido y le gané. Me faltaba sólo un punto para ganar. Yo, desesperado por terminar con la tensión que me generaba el juego, y casi sin pensar, le canté truco y jugué el seis. Él me contestó “Quiero re truco, hombre, terminemos esto de una vez. El que aquí gane, ganará el mundo.” Temeroso, yo acepté. Él tira el ancho de basto y un ancho falso (no recuerdo cuál de los dos). Yo tiro el dos de espada y juego el siete de oro. Pero no se por qué, en ese momento sentí que iba a perder. La mirada tensa e intimidante del canoso, sus dedos con uñas renegridas, y los ojos penetrantes de la muchacha me hicieron dudar un montón, y sentí que la caída era inevitable, a pesar de las buenas cartas que me habían tocado.
El hombre agachó la cabeza y se fue al mazo.
– Tenía el tres de copa. Me voy, ganaste todo lo que apostamos. No me vas a ver por acá hasta dentro de mucho tiempo. Creo que voy a ir a probar suerte por otros bares, y espero no encontrarte ya que te confieso que fuiste el único que me pudo ganar.
El tipo salió por la puerta, con el paso acelerado, hasta perderse entre la multitud de gente que caminaba por la ciudad. Mi café estaba frío, ni siquiera lo había probado, pero me sentía victorioso. Miré hacia la mesa de la otra esquina y allí estaba ella: morocha y sutil a la hora de colocar su mirada.
Apurado, me paré y fui hasta donde estaba ella. Le hablé unas torpes palabras que ya ni recuerdo (o no quiero recordar) pero ella no me miraba.
Me senté en frente de ella y le dije:
- Escuchame, ¿viste ese truco que jugamos con el tipo ese? Lo gané. Y ahora necesito hablarte, ya que si yo llegaba a perder, no te iba a poder hablar y debía abandonar este bar por un tiempo.
A lo que ella responde:
- Hola. ¿No te molestaría correrte un poquito? Aquel pibe me está pasando su número de teléfono.
Miré hacia la mesa donde había estado hacía un momento y vi un tipo idéntico a mi. Con sus manos, le hacía señas de números a la muchacha, la cual anotó un número en una servilleta de papel, para luego salir ansiosa y risueña del bar, tirándole besos con sus manos. Yo me quedé estupefacto. Volví a mirar hacia la mesa y ya no había nadie.

Al parecer, en ese bar se podían ver espejismos del destino, de aquello que tendríamos que haber hecho para que las cosas resulten. O quizás ella fue un espejismo. La cuestión es que me fui muy triste del bar, pero con la certeza de haber vivido lo que fui a buscar: una pequeña aventura. Quizás este fantasma le pasó mi número, y quién sabe si ella no me llamará algún día de estos.
A veces nos apuramos o tardamos demasiado, haciendo las cosas en el momento equivocado, pifiándole incluso por décimas de segundos que, a fin de cuentas, terminan siendo fatales. Hay que cuidarse de los demonios del tiempo.
Mala suerte en el amor, buena suerte en el juego. Yo creo que la suerte no es mala, malo es el destino, y azaroso es el amor.

A.L.V. 17/07/15

domingo, 5 de julio de 2015

Las Calles II

Las Calles II


Me desperté con un dolor de cabeza tremendo. Era como si me hubiesen pasado  por encima doscientos toros. Encima, el molesto brillo del sol que entraba por una hendija mal cerrada de la ventana me encandilaba la vista. Como si todo esto fuera poco, no sabía qué hora era, ni tampoco si era de mañana o las cuatro de la tarde.
Busqué en unas cajas más viejas y encontré una pastilla efervescente que me había ayudado hacía tiempo a curarme de un pesar bastante parecido a este. Me di cuenta que era la pastilla correcta ya que en su envoltorio había escrito, con horrorosa letra, “resaca”. Muchos dicen que esta pastilla es una mentira, que no te saca el dolor de cabeza, pero a mí me resulta seguido.
Miré la hora y eran las once y media de la mañana del domingo 15 de mayo. Desesperado, busqué algo para comer y me bañé. Debía salir a buscar pistas para encontrar el alma del pobre diablo ese que me había encontrado anoche. Sí, tenía que encontrar dónde se hallaba el alma de un demonio para recuperarla y así pudiera volver al cielo, para yo poder recuperar mi memoria. ¡Sí, un demonio que tenía que volver al cielo! ¡¿Cómo hizo para estar en el cielo si en él solamente se encuentran los ángeles?! ¡y ¿cómo hizo para caerse del cielo?! ¡¿Cómo pudo Elisa hacerme todo este mal?! Sí, Elisa era mi mujer amada. La amaba tanto que decidió irse, sumergiéndome en una tortura sepulcral. Todas esas preguntas me avergonzaban. Tenía que encontrar un alma perdida de un demonio odioso para que éste me devuelva la memoria. Qué horror.
Cuando salí del baño, busqué la carta que me había dado el demonio, pero no recordaba dónde la había metido. Quizás los demonios malignos me la robaron, o quizás simplemente yo olvidé dónde la dejé. En fin, la cuestión es que no apareció.
Salí a la calle y comencé a caminar por el barrio. Hacía bastante frío y no había casi nadie en las moribundas calles. Me parece que pasaba eso porque jugaban Boca y River, o quizás porque la gente prefería esconderse de mis pésimas preguntas. Al caminar, pasé por la casa de Mauricio, un viejo compañero de la primaria que siempre lo sabía todo, para solicitarle ayuda en esta inusual búsqueda. Golpeé la puerta y no salió nadie. Volví a golpear y se escuchó el fino ladrido de un perro pequinés. Golpeé nuevamente y salió una señora grande. Era rubia y estaba vestida con un amplio tapado de piel de animal y unos tacos bochinchosos. Le pregunté si Mauricio seguía viviendo allí, a lo que contestó: -¿Mauricio? ¿No sabía usted que hace más de dos años que se fue a vivir al Uruguay con su mujer? Extrañado, le di las gracias y seguí con mi caminata. 
Por dentro, pensaba: quizás este sinvergüenza de Mauricio se llevó el alma del demonio sólo para joderme a mí; pero después pensé que eso era un delirio y seguí caminando.
Al rato, se me dio por ir a la comisaría a preguntar. Pero ¿qué iba a preguntar? ¿tienen en sus registros el alma de un demonio de mameluco azul? Pff, ¡por favor, se me iban a reír en la cara! Así que descarté inmediatamente esa opción. Pero como ya había caminado lo suficiente como para llegar a la Plaza de las Desgracias, decidí sentarme en uno de sus melancólicos bancos.
Al permanecer un tiempo ahí, pude notar varias cosas: los viejos que pasan en bicicleta nunca miran para su lado izquierdo; las muchachas hermosas miran a los caballeros a los ojos, mientras recíprocamente éstos focalizan la vista en los atributos más llamativos de sus cuerpos; pisar una hoja seca sin que se quiebre nos da el secreto de la eterna lucidez de la piel; las viejas chusmas están a la orden del día; el diablo está siempre presente, en todos lados y al mismo tiempo, y no nos damos cuenta.
Permanecí un buen rato allí, tanto que me había acostumbrado al frío y a los regalos de las palomas. Pero antes de volver a casa pude leer, en una de las maderas marrones del banco, una torpe inscripción que decía: “No busques en ésta plaza”. Eso me hizo pensar muy seriamente.
Y como si algo del más allá me hubiese instado a que haga caso a esas palabras, me levanté y me fui derecho a casa, a ver cómo había salido el partido, a reírme con los graciosos de la radio, a soportar las noticias inservibles, a recordar los besos de Elisa y, sobre todo, a esperar el próximo sábado a las nueve de la noche para leer la siguiente nota que me dejara el demonio.

A.L.V. 06/07/15

martes, 26 de mayo de 2015

El Fantasma Ventajoso-Traicionero

El Fantasma Ventajoso-Traicionero


Muchas veces hemos leído o escuchado sobre la ventaja y la traición, ya sea en novelas, relatos, mitos, cuentos, tipos en la radio o debatiendo en televisión. Incluso los hombres de hierro que conducen -casi siempre erróneamente- nuestro país han padecido la aparición, ya sea inconsciente o no, de éste fantasma.
El Fantasma Ventajoso-Traicionero es uno de aquellos entes que se meten en el alma de las personas y las hace actuar de una manera extremadamente lógica e insensata a la vez, olvidando así su esencia verdadera. Es una energía muy inteligente que sabe muy bien cómo llevar a cabo sus maldades.
Me temo que este es uno de los fantasmas más comunes que ronda por estas calles.
Pero ojo, a no confundirse: este fantasma sólo actúa y lo podemos notar en aquellas personas que verdaderamente lo padecen.Uno puede esperar a ser arribado en la calle por algún malechor de rutina que quiera robarnos el reloj, o también puede esperar que un perro nos muerda el talón cuando pasamos cerca de su reja por el simple hecho de defender lo que es suyo. Estas cosas pueden hasta hacernos sentir extraños o con suerte si no ocurren. Es decir, no es bueno ni es justificable, pero son cosas que pueden llegar a ocurrir y no hay nada fuera de lo común si pasan. 
Pero lo triste es cuando verdaderamente sentimos actuar al fantasma, quebrando así nuestra delicada alma. Cuando éste se hace carne propia en alguna persona cercana, alguien a quien queremos, con quien tenemos -aunque sea- un poco de afecto, o esperamos algo. Esa sensación de sentir el puñal ingresar por la espalda, esquivando las costillas e insertándose de lleno en el sensible corazón, es muy triste de superar. Más aún si éste corazón ya estaba previamente fisurado por alguna otra causa.
En el amor, el fantasma aparece muy seguido.
Y me atrevo a confesar que fue él quien me hizo estrellar contra la pared esta vez, y me dejó, con la guitarra y mis canciones, varado en esta ruta silenciosa y de tierra a mitad de camino, ya sin poder volver atrás. 
Y, lo peor de todo, sigo creyendo engañosamente que todavía alguna esperanza puede llegar. Una esperanza ventajosa-traicionera.

sábado, 16 de mayo de 2015

Postura filosófica acerca de la Música

Postura filosófica acerca de la Música

El músico escribió:
"Sonido. Cualquier sonido al azar no puede ser música, pero la música puede ser cualquier sonido, siempre y cuando éste tenga un sentido sincero: transmitir sensaciones. Es decir, la música no necesita de un sonido especialmente elaborado para serla. sólo necesita de sonidos que tengan algún sentimiento, el cual hace que naturalmente tengan las propiedades innatas de ser musicales. Éste sentimiento debe inherentemente ser extraído del alma, es decir, de aquello que nos caracteriza como personas.
Siguiendo ésto, la música no es adquirida, sino que es nuestro trayecto terrenal el que nos da la capacidad de discernir lo que es de lo que no es y nos da las herramientas para poder a hacerla.
Pero, queramos o no, inconscientemente hay algo que nos hace reconocer a todas las personas -sepamos o no acerca de las establecidas denotaciones musicales- lo que es música de un simple e inerte patrón de sonidos. 
Cualquier persona escuchando un gato maullar (de cualquier espacio temporal) se daría cuenta que eso no es música, sino que es una simple comunicación. En éste caso, por ejemplo, una comunicación de un suceso fisiológico del animal -hambre- (también podría tomarse como ejemplo el ruido ocasionado por un terremoto o el sonido producido por una máquina de escribir al accionar sus teclas).
La música también comunica, pero tiene ciertas características esenciales que la hacen ser. El ritmo, la altura, el volumen y la melodía son importantes para determinarla pero, sin embargo, es una capacidad innata reconocer si cierta seguidilla de sonidos suenan respetando dichas propiedades o no. En esto, tiene mucho que ver la intención de comunicar sentimientos o no.
Concluyendo, la música no es trascendente, sino que ésta está dentro de cada persona, y es trabajo de cada una aprehenderla y reconocerla, tomando como libro de referencia su trayecto por la vida.
La música es un acto del alma."

Luego de haber leído éste fragmento, pienso que éste señor ha leído incansablemente libros de aquel muchacho de Hipona, o relatos de aquel reconocido polímata griego...

domingo, 26 de abril de 2015

Medición de los sueños

Medición de los sueños


Cierta vez, en mis años de lector compulsivo, llegó a mis manos un texto acerca de Pablo Seragnoli, un científico matemático especializado en todo aquello que confiere a la mente humana. Seragnoli fue un apasionado de esta, y especialmente basaba sus investigaciones en intentar explicar la manera en que el cerebro piensa, calcula, ordena, computa y resuelve los sueños. Sí: él estudiaba la parte lógica de los sueños. Su filosofía de estudio está claramente marcada por su paso por la UCLEI (Universidad de Ciencias Lógicas e Irrefutables), una institución tan respetable como odiosa.
Seragnoli llegó a observar a cientos de personas durmiendo, anotando precisa y detalladamente cada pequeña situación que percibía, para luego indagar y tomar nota de cada minucioso detalle de los sueños que los investigados contaban y llegaban a recordar.
Sus investigaciones, recibidas aceptablemente por la crítica mundial, fueron compiladas en su libro La mente humana: datos matemáticos acerca de los sueños
En el libro, el científico habla acerca de 204 personas que observó mientras dormían, con aparatos para medir las pulsaciones, cámaras de video filmando cada movimiento de los investigados y decenas de aparatos más para poder, simplemente, medir tangiblemente cada expresión de los que dormían. Cada caso incluye una hipótesis, propuesta después de observar a la persona dormir, en la que intenta adivinar lo que fue soñado, y una conclusión final en la que Seragnoli intenta explicar, en base a sus cálculos, por qué cada persona soñó lo que soñó y por qué lo hizo de tal manera.
Para elegir a las personas que iba a investigar, Seragnoli tenía un perfil predeterminado, el cual decía que la persona a investigar podía ser de cualquier edad, cualquier sexo o cualquier clase social, pero debía tener algo que conmueva al propio científico: una mirada, algún gesto particular, una manera de hablar, cierto ritmo al caminar. Para esto, hurgó por las calles y logró reclutar a 204 seres humanos.

Experiencias de Seragnoli

Por citar un ejemplo, en la página 95 del libro, en la cual se nos explica el caso número 32, se nos habla acerca de un abogado de mirada triste que llevaba una vida rutinaria, yendo de su casa a la oficina en su auto y viceversa, todos los días. Al ofrecerle ser uno de sus “conejillos de indias” el tipo insistió en que debía pagarle por las horas de trabajo que le descontarían, ya que el experimento lo hizo en la noche de un miércoles para la mañana del jueves, a lo cual el científico le propuso pagarle siempre y cuando la experiencia resulte fructífera para sus investigaciones. Durante la experiencia, Seragnoli pudo identificar a lo largo de toda la noche 134 movimientos de dedos de las manos, 77 movimientos cortos de la cabeza, 193 muecas de sonrisas y 25 movimientos del pié. Antes de la indagación, el científico explicó en la hipótesis que el abogado podría haber soñado con haber estado tocando algún instrumento de música como el piano o la guitarra, ya que conocía acerca de sus dotes para la música que, tristemente, fueron reprimidos por la rutina laboral. Sin embargo, para sorpresa de él, el abogado sólo reconoció haber soñado con una lejana y borrosa imagen que se le acercaba para pedirle algo como inspiración para escribir un libro sin sentido. Seragnoli, ofendido y frustrado, lo echó a patadas sin pagarle.
También, más adelante, se nos habla de un niño que contó al científico que soñaba con volar un avión, cuando en realidad, para él, teniendo en cuenta las mediciones hechas a los movimientos de sus párpados al dormir, soñaba con acariciar un oso de peluche. Incluso aparece, casi al final del libro, el relato sobre un hombre que intentó no dormir durante la experiencia, pero luego, al momento de la indagación, el hombre se durmió por completo. Seragnoli creyó que el tipo se horrorizó al querer que un extraño conozca, deduzca y explique sus sueños. Ante esto escribió:
“El sujeto, horrorizado ante el hecho de conocer su incapacidad para soñar, decidió dormir al momento de mis preguntas. Por lo cual mi conclusión es que este sujeto carece de sueños.
Obviamente, deduzco que el científico mintió en esa conclusión, ya que dos páginas después, nos enteramos que ese hombre no volvió a despertar.
Dejando de lado la buena recepción que tuvo por parte de la crítica general, al publicarse el libro muchos criticaron al matemático tildándolo de “irresponsable”, argumentando que los sueños sólo se pueden conocer y explicar ingresando a la mente del soñador. Otros, sin embargo, aplaudieron y galardonaron sus investigaciones, argumentando que éstas servirán como base para, en un futuro, poder crear artefactos en los que podamos recrear, con exacta precisión, imágenes y sonidos de nuestros sueños en base a los valores expuestos en, por ejemplo, el capítulo 3 acerca de “Magnitudes de los sueños” o en el capítulo 4 titulado “Funciones cuadráticas de los sueños”.

Seragnoli estudia sus propios sueños

 Luego de mucho tiempo, en un artículo de una inmunda revista, salió a la luz un presunto capítulo perdido de este libro, en el cual se explica que debido a la escasez de información quedó afuera del mismo e  iba a ser el capítulo número 14, y que iba a tener como título “Los sueños y su registro”. En este texto, el sujeto a investigar es el propio Seragnoli, el cual nos comenta que registrará cada sueño –soñado por él mismo a la mañana siguiente luego de haber dormido.
Es decir, el tipo se acostaría a dormir como de costumbre y, a la mañana siguiente, registraría en papel cada sueño que recuerde de la noche anterior.
El experimento comenzó bien. La primera noche cenó, despidió a su mujer y a su hija con un beso y se fue a dormir. Durmió 7 horas y media. Al despertar, comenzó a escribir y recordó haber soñado que andaba a caballo en el campo con su padre, situación que vivió seguidamente hasta la edad de nueve años, tiempo en que sus padres se trasladaron a la ciudad.
La noche siguiente, también. Cenó, besó a su familia y se fue a dormir. Durmió 9 horas y cuarto –ya que el día siguiente era sábado-. Al despertar, comenzó a escribir que soñó estar comiendo un asado luego de un partido de fútbol con sus amigos y, que en medio de la cuarta cerveza, comenzó a llover como casi nunca había visto llover en su vida. Nada fuera de lo normal.
Seragnoli siguió durmiendo, despertándose y contando sus sueños por varios días. Pero los problemas comenzaron, aproximadamente, a las dos semanas de comenzada la experiencia.
Repentinamente, los sueños fueron volviéndose cada vez más turbios, borrosos, difusos, como si alguien pusiera un vidrio empañado delante de su vista y no le permitiera verlos con claridad. El matemático fue obsesionándose más en escribir, incluso pasando tardes enteras sin hablar con nadie, ocupado en redactar lo mejor posible para compensar la falta de claridad de las imágenes oníricas. Los textos fueron tendiendo a describir menos imágenes, pero explicando sensaciones extrañas en ellos, para luego desembocar en atolondradas conclusiones. Por ejemplo, una mañana escribió: 
“Soñé con un rostro. Otra vez, la imagen era difícil de ver, era difusa. Pero era distinto: este, verdaderamente, era un rostro difuso. Es decir, la imagen era clara, el borroso era el rostro, como si no tuviera expresión, ni identidad, ni sueños. El rostro me hizo sentir, primeramente, pánico: creí haber visto la cara del Diablo. Pero luego, tomé valor y comencé a acercarme a él. Sigilosamente, intenté acariciarlo, pero repentinamente desapareció, y yo desperté. Creo que ese Diablo sintió miedo al notar que yo sentí miedo por él, y por esta razón huyó. 
Quizás el rostro nunca existió. Quizás el Diablo sea yo.
Pero luego de este último sueño, el investigador dejó de soñar. Al despertarse cada mañana, sentía la frustración de no poder escribir nada. Sus textos sólo naufragaban los mares de la ira, del dolor, del rencor, del sufrimiento, de la pena y del desamor. La decepción fue tan grande que decayó en una depresión sin límites.
Sin embargo, este no fue el punto máximo de su desgracia: llegó un momento en el que dejó de dormir. El científico nunca explica los motivos por los que dejó de conciliar el sueño, no se sabe si fue por voluntad propia o si los Demonios de estas calles quisieron que así sea.
Sus textos, hablaron de traición, de desesperanza e, incluso, del fin de los tiempos. Sentía la traición de los ángeles que regalan sueños, los cuales creía que fueron muy egoístas con él y no le permitieron continuar con sus investigaciones matemáticas, lo cual era –paradójicamente– su mayor sueño. Habló de desesperanza al explicar que, a causa de no poder dormir, abandonaría su mayor sueño sólo por volver a hacerlo. Y comentó acerca del fin de los tiempos al delirar acerca de sus últimos sueños, en los que el fuego inundaría las ciudades y las pesadillas de la gente escaparían de sus cerebros para volverse realidad.
En la mañana número 27, tras nueve días de padecer modorra y ansioso por dormir, dejó de escribir. El matemático pensó que, si dejaba de intentar convertir en algo tangible sus sueños, si se atrevía a dejar que su alma los controle de manera natural, si se aventuraba solamente a soñar sin preocuparse sobre las responsabilidades del día siguiente, el sueño volvería.
Y fue así. Al día siguiente volvió a dormirse. Lo hizo por cuatro días seguidos. Pero durante ese lapso no soñó nada, sino que solamente oyó una suave voz que le susurró:
-Escuchame, nunca dejes de soñar. Nunca intentes medir con regla tus sueños. Nosotros somos intangibles. A nosotros no nos podés comparar con nada: nosotros somos tu motor. Es nuestra energía la que da vida a tu energía. Si vos intentás convertirnos en algo cotidiano, en una cosa que se pueda medir con números o analizar con fórmulas odiosas, corremos el riesgo de desaparecer. ¿Sabés por qué? Porque nuestra naturaleza no está en nuestro tamaño, nuestra naturaleza es solamente hacer que tu alma se mueva y se conmueva con las cosas que más querés. Nunca nos abandones, porque nosotros nunca lo haríamos.
Al despertar, el matemático se sintió renovado. Ya nunca volvió a intentar explicar sus sueños, sólo se limitó a intentar cumplirlos.

Lamentablemente, el artículo publicado fue destruido al poco tiempo ya que –como si un Demonio hubiese querido- ésta fue la última publicación de la revista antes de que la imprenta encargada de su edición sufra un extraño incendio. Sólo salieron a la calles un puñado de 200 ejemplares, repartidos entre los peores y olvidadizos canillitas de la ciudad.
Dejando de lado la locura a la que fue conducido Seragnoli luego de la experiencia narrada, este texto perdido es considerado, por la poca gente que tuvo la suerte a acceder a una copia de él, como un texto que debe leerlo cualquier persona que habite estas calles, en las que creemos que los verdaderos lujos son aquellos que podemos medir con un número.

A.L.V. feb/2015

viernes, 24 de abril de 2015

Par de ojos

Pares de ojos


El músico escribió:

Un par de ojos. Mejor dicho, éramos dos pares de ojos. Vos con el tuyo y yo con el mío. Un calor como de centenares de grados centígrados nos quemaban al cruzarse, como un fuego invisible que cortaba al frío aire a través de un puente imaginario y rompía cualquier situación cotidiana de estas calles.
Un par de ojos increíbles, grandes, arábigos, delineados con alguna de las plumas perdidas de Ícaro, pintados con el color de aquella esperanza que tenía Penélope de ver regresar a su marido. Ojos que conocieron bien las fórmulas para marearme, para hacerme caer y para, inútilmente, volverme a esperanzar. Recuerdo todavía las noches grises sin dormir, maravillado por la arquitectura tan bella de aquellos ojos, permaneciendo impactado infelizmente por aquella mirada.
Una mirada delatora, llena de belleza, sinceridad y aprecio. Pero también llena de juegos perversos y maldad infrahumana.
Y yo, navegante torpe de mares inmensos, caí en esas tempestades oculares de las que era muy difícil salir. Mi pobre par de ojos no podía saber cómo llevar adelante tan semejante travesía. Mis ojos eran –y son– un tanto inútiles a la hora de encontrar la calma y solucionar los problemas del modo más sutil.
Rústicos y toscos son los míos.
Aquellos eran un par de ojos que guardaban secretos imposibles de descifrar para un tonto como yo. Secretos que no se encuentran ni en templos esotéricos, ni en libros ocultos, ni al final de la mala suerte, ni en el acorde perdido.

Como se habrán dado cuenta, todo este palabrerío está escrito en tiempo pasado, lo que nos quiere decir que esto ya no ocurre más. Y es así.
Estos ojos bellos, de mirada vertical y explícita, ya no han vuelto a hacerme caer en sus viejas trampas. No sé por qué, pero en estos tiempos ya no logran atrapar mi mirada y encarcelar mi alma en ilusiones de cristal. Desconozco si esto es culpa de mi alma indiferente, de los Demonios, o de aquellos mismos ojos traicioneros.
La verdad es que no sé si esto será bueno o malo, pero confirmo tristemente que se ha ido una parte muy importante de mí, aquella que funcionaba como fuente trascendental para escribir mis absurdas canciones sin sentido.

A.L.V. 24/04/15

martes, 14 de abril de 2015

Instrucciones para olvidarme

Instrucciones para olvidarme


Última carta que escribió el músico de estas calles a una de sus ex-novias antes de irse de gira por cinco años a Europa.

Escribime algo, aunque sea dos palabras. Quiero ser la inspiración que mueva tus pensamientos y haga florecer a tu arte.Dos puntos y abajo.Seguime escribiendo, cuatro palabras más. No quiero que te olvides que te quiero, y que para eso no hay vuelta atrás.Punto y a parte.No pares de escribirme, muchas palabras más. No me abandones a mitad de camino, son tus ojos los que alumbran mi pena interior, y conquistarlos me daría paso a conocer el secreto de mi vida.Punto seguido.Escribí un poquito más, ya casi terminamos. El tiempo de hacer las cosas -nuestras cosas- es hoy; quizás mañana un demonio ya nos hizo cruzar las barreras de lo imperdonable.Escribí un par de palabras finales, que no sean “hasta luego” ni “te amo” (comúnmente, esas son palabras mentirosas; habitué de los fantasmas). Escribí lo mejor que puedas sacar de tu ser, y haceme sentir, de esta manera, lo que siempre fue y lo que nunca volverá a ser. Porque todo sucede en instantes tan efímeros como la vida misma.Así como tus ojos conmovieron a mi mundo, quiero que tus palabras calmen el furioso mar de fuego que causaste, desde aquella vez, en mi corazón.
Firma y aclaración.
Seguramente antes de que lleguen a tu poder, estas instrucciones son consfiscadas y destruídas por el mismo demonio que te mandó a hablarme. 
Y pensándolo bien, eso sería lo mejor.

A.L.V., 09/14

martes, 31 de marzo de 2015

Las calles I

Las calles I


Muchos dicen que este lugar es el lugar donde la mala suerte florece hasta por debajo de los adoquines más fríos y llenos de moho que se puedan encontrar. Y me temo que esto es cierto.
Las noches aquí, en estas calles, ya no tienen ese tinte de calidez y tranquilidad que supo lucir en sus años gloriosos. Las esquinas ya no nos invitan a escuchar esos bandoneones y borrachines repletos de notas lindantes con las soledad. Los pibes actuales no conocen aquellas ceremonias intachables en las que se designaban cargos tan importantes como los jugadores de cada equipo de fútbol o la humillante entrega de un competidor a otro de sus mejores bolitas. Estas últimas, ya cansadas de tanto girar, se olvidaron de los secretos que les contamos en otro tiempo. Hasta las viejas chusmas ya no se interesan en los antojos del caprichoso tiempo, ni en su erróneo pronóstico.
Indiscutiblemente, la Abundante Mediocridad, liderada en su mayoría por los Demonios del Tiempo, ha tenido un paso muy profundo por este lugar.
Mi lugar.
Estas calles han sido testigo de incontables hazañas dignas de los caballeros más nobles. Por ejemplo, recuerdo la vez que ayudé a esconderse muy estratégicamente a una compañera del colegio jugando a las escondidas, para luego concretar el beso más inocente y hermoso de la vida.
Y siguiendo la naturaleza de estos hechos, es válido afirmar que un caballero no tiene memoria. Es ésta una verdad tan irrefutable que las explicaciones sobran. Pero con lo cabeza dura que soy se los voy a contar.
Celeste, la chica de los ojos grises, es una muchacha muy especial: posee un andar muy voluptuoso, utiliza palabras concisas y sensatas y por sobre todas las cosas, es dueña de una mirada más tanguera que el tango mismo: nostálgica, tierna, con aire a callecita mojada por la lluvia y también un poco burlona. Son esos ojos los que robaron mi identidad. Como ya dije en el prólogo de estas crónicas, desconozco mi nombre, no recuerdo dónde queda mi casa, no sé quién es mi familia... Esta mujer, al atraparme eternamente con su bello ser, y luego rechazarme de un modo definitivo, se llevó de mí la única parte en la que podía hallar verdades. Es decir, tomó mi alma y la tiró quién sabe por dónde.
Ante este rechazo, ocurrido en Plaza de Las Desgracias, comencé a vagar tristemente pisando hojas de otoño.
Advertido de esto, un demonio se me apareció pidiendo limosnas. Yo sólo lo miré. Tenía aspecto de hombre de fábrica, con ropa sucia de conjunto azul.
El demonio, con palabras muy hábiles, me dijo:
-Sé lo que te pasó, muchacho. -Yo tengo la solución para tan horrendo mal. -Nuestras almas son más crueles de lo que creemos: si no se van, alguien nos las roba.
Con mis ojos turbios le contesté:
-Ya veo que sos uno de esos demonios que abundan hoy en nuestras calles. Debería estar asustado, pero no lo estoy. Sos un ente maligno, pero no creo que superes la crueldad de aquella mujer hermosa. - Decime, ¿cuál es la solución que me ofrecés?
El demonio, con un tono inspirado, me dijo:
- No te voy a pedir que me vendas tu alma porque no la tenés. Sólo te voy a pedir una cosa, si vos primero encontrás mi alma, yo te digo dónde está la tuya.
Ante semejante barbaridad, contesté:
-¡¿Pero cómo querés que encuentre la tuya si ni siquiera se dónde quedó la mía?! No seas sinvergüenza.
Hábilmente, él contestó:
-No, m'hijo: yo soy un demonio. Yo conozco todo de todos pero no se nada de mí. Solamente un mortal, aunque esté vacío como vos, puede devolverme al cielo. si vos conseguís mi alma, dejaré de penar aquí en la tierra y me iré al paraíso, y vos, con tu alma, vas a recuperar tu memoria. Es sabido por todos que sin mi ayuda nunca vas la vas a recuperar.
No tan convencido de esas habladurías, le respondí:
-Y bueh... Qué más da... Acepto. Pero, ¿cómo comienzo a buscar? Quizá de esa manera pueda encontrar mi alma y volver mi memoria incluso antes de encontrar tu alma...
Y tras esta pregunta, el demonio se esfumó, dejando una niebla gris con olor a inmundicia animal. Pero para sorpresa mía, en el lugar donde él se encontraba quedó una nota que decía:
"Buscá por donde quieras, por donde vos creas que sea necesario. Interrogá a la gente conocida, a los no conocidos, a los ingratos, a los nefastos y a las golfas. Metete en los bares. Investigá. Leé historias del barrio... Va a ser muy difícil encontrarla, pero es posible. A partir de ahora me voy a comunicar por estas notas con vos. Cada semana a esta hora pegate una vuelta por este banco. Una nota mía vas a encontrar. No quiero interferir en la búsqueda."
Tras leer la carta, me fui hasta la esquina y me metí al bar de Don Carlos, el viejo de abundante barba blanca, a emborracharme con vino e historias obscenas.

martes, 24 de marzo de 2015

Charlas

Charlas


El hecho de que no me guste hablar mucho con la gente y que a veces -admito- sea un poco “frío” no quiere decir que sea “antisocial” o “antipático”, sino que la cuestión pasa porque me he dado cuenta que la mayoría de las personas sólo hablan de, por así decir, “chusmeríos” y esto, según mi punto de vista, es algo que lleva a contradicciones y posteriores malos entendidos que conllevan a discusiones sin sentido que nos remiten a la nada misma.
Por esta razón, prefiero charlar con los animales.

A.L.V. 21/07/14

Invisibilidad

Invisibilidad


Bajo la brisa de aquellos tibios vientos de verano, vio el atolondrado camino hacia el pasto que siguió esa flor de azahar que hacía minutos que miraba, encandilado por la semejanza que tenía su blanco color con la piel de aquella hermosa dama que lo acompañaba. Era un blanco paz. Descansaban sobre las escalinatas de una casa –muy especial para ellos–, luego de haber corrido unas cuadras perseguidos por unos niños que jugaban a las atrapadas, con horquetas de metal y túnicas de color celeste claro.
Junto a ella, bajó por las escalinatas de la entrada de aquella casa que pensaba alquilar para poder, finalmente y de una vez por todas, casarse. El silencio adornaba la quietud de esas calles que fueron testigos de su niñez y sus andanzas entre bicicletas mancebas y autos despintados sin alma ni motor.
Cada vez que sentía una pequeña mueca de tristeza, lograba ahogarla en su pecho besando aquella mujer que conoce desde hace muchos años. Y, ¡claro! ¿Cómo no iba a estar enamorado de ella con lo hermosa y perfecta que era? ¿Quién no se enamoraría de aquella niña que supo deslumbrar a todo el barrio –pero especialmente a él- con su pelo color café y sus ojos brillantes? 
Ella volvía perfecto su mundo. Hubiera sido inconcebible que en ese momento no estuvieran juntos. Pero ahí estaban, disfrutando del cálido sol de aquel siete de enero, embadurnado con el aroma de las flores de azahar que abundaba en los ligustrinos de aquel soñado hogar. 
Cada persona gris que pasaba se asombraba al ver la escena de estos dos: un par de enamorados que podían verse y descubrirse y soñarse uno al otro, sin temor a lo que los escépticos o matemáticos pudieran razonar. Me atrevo a decir que desde aquí, desde mi habitación, se podía sentir el dulce aroma que emanaba la dicha que sentían aquellos dos.
Estas personas que pasaban, poco podían entender del sentimiento que ellos tenían, tan así que miraban con ojos extrañados la escena. Hubieron algunos atrevidos e irrespetuosos que huyeron corriendo despavoridos, ¡pobres incomprensibles a la hora del amor!.
A medida que pasaban los minutos, las horas, los días, los meses, los años; ese amor, o mejor dicho, esa locura crecía un poco más. Muchos envidiosos tiraron con flechas de metal a los enamorados, como intentando sucumbir ese sentimiento incandescente. Incluso hubo quienes quisieron atarlos de pies y manos, intentando evitar que aquellos dos desquiciados logren tocarse.
Pero era imposible. Ellos seguían allí: él la miraba con los mismos ojos soñadores que tenía cuando apenas era un niño de cinco años. Ella era, con una suave y tierna vergüenza -característica de una niña de seis-, observada con detenimiento y serenidad, con suspicacia y precisión, con deleite y frescura.
Hablaron sobre Coqui, el perro labrador que tenía el padre de ella en esa antigua casa en la que vivió en tiempos lejanos, no muy lejos de allí. Recordaron la vez en que él, como símbolo irremplazable de su amor tan precoz y joven, le ofrendó un ramo de flores –de azahar- envueltas, con desprolija delicadeza, en una hoja azul pintada con témperas, para luego ser recompensado con su primer beso, el más hermoso de todos. Hablaron sobre música, cantaron desafinados e, inútilmente, intentaron escribir, sobre las hojas de un sauce llorón, la letra de una canción que solían cantar en otras épocas, en aquellas épocas en las que reinaba la esperanza la ingenuidad y la alegría. Épocas, en esencia, muy parecidas al momento que vivían.
Siguieron caminando varias cuadras hasta que decidieron tomarse un taxi. Él sintió, por un ínfimo momento, una especie de déja-vu. Sin hacer demasiado caso intentó, infructuosamente, detener uno que pasó zumbando muy cerca de sus pies. Sin darse por vencido y con real convicción, siguió intentando frenar alguno, con el sólo objetivo de ir con su amada hasta su casa y redondear lo que fue una tarde espléndida, llena de magia y pasión. Los autos, cada vez más veloces, no frenaban. Ni antes ni después, los autos quisieron frenar, como si ese lugar fuera el único en la tierra en el que los autos nunca paraban, como si un Demonio hubiera decidido, deliberadamente, que allí nadie frenaba. Un poco angustiado, le pidió a su amada ir caminando.
La noche caía más rápidamente de lo que creían: como si el sol estuviera apurado por irse a descansar luego de haber ornamentado aquella empalagosa tarde; como si la luna no quisiera perderse la pureza de este par de enamorados caminando como desesperados en búsqueda de un sueño mayor.
Sin embargo, los Demonios están a la orden del día. A falta de cuatro cuadras, sintieron que una camioneta, equipada con sirena y luces en su techo, detenía su marcha detrás de ellos. Él, aturdido y conmocionado por la situación, decidió tomar de la mano a su prometida y echarse a correr. Casi sin pensar, corrieron. Corrieron lo más rápido que pudieron: abrieron, a las patadas, la puerta de un triste patio fangoso; saltaron con destreza tres paredones que dividen los patios del barrio; se toparon con un perro grandote que ladraba débilmente y con uno pequeño que lo hacía ferozmente; siguieron corriendo por una calle perpendicular que estaba tan vacía como todo ese día, como todo ese momento, como toda su vida... Finalmente, estos hombres, que de por sí estaban muy bien adiestrados, lograron aprehenderlos.
Mejor dicho, lograron aprehenderlo. A él. Al único que se encontraba allí.
A los gritos, imploraba que lo suelten y lo dejen ir a su casa con su amada. Les contó que estaban por casarse y que iban a alquilar una simpática casa que había a varias cuadras de allí. Les contó acerca de las flores de azahar, de las bicicletas, de Coqui, del primer beso… 
Rogaba, por favor, que desaten sus manos y sus pies de esa camilla, que lo marcaba y lo lastimaba y lo dejaba sin aire ni fuerzas. Que ya estaba cansado y sólo quería recostarse sobre el cálido pecho de su futura mujer, su única mujer, la dueña eterna de sus locuras. Clamaba, a los cuatro vientos, que dejen de apuñalarlo con esos amargos venenos irritantes y que dejen de embolsarlo dentro de ese chaleco inservible. Gritaba que todos estaban locos, que nadie entendía el amor que él sentía por ella: el amor más puro y sincero que nunca nadie supo tener. Con un grito despavorido y lleno de insultos les contestó cuando le dijeron que su novia había muerto a los seis años en un accidente con un taxi y que la casa llena de flores ya no existía. Creyó herirles el alma al escupirles, sin vergüenza, la palabra ‘insensatos’. 
Siguió murmurando aquella cancioncita de amores hasta que se durmió, pensando en la espléndida tarde que había pasado junto a ella.
Los enfermeros, ya acostumbrados a este tipo de escenas, cerraron la puerta, la aseguraron con llave y volvieron a su guardia rutinaria.


¿Por qué conformarnos solamente con lo que hay? ¿Por qué no pelear por nuestros sueños, aunque estemos exhaustos y nos sintamos sin fuerzas para seguir? ¿Por qué no, mejor, luchar por amores imposibles y toparnos así con miles de aventuras? ¿Por qué, en vez de conformarnos con la Abundante Mediocridad, no volvemos emocionantes nuestras vidas con solamente mirar unos ojos que luego jamás existirán?

A veces me dan ganas de gritar, como el tipo del cuento, que la verdadera locura es aquella que pasa por la cordura y la sensatez.

A.L.V. 07/01/15

martes, 17 de marzo de 2015

Avenida I

Avenida I


Una vez, caminando por estas calles, vi a un señor intentando cruzar la avenida. Era una avenida muy transitada: colectivos repletos de gente con almas enjauladas, autos humeando una combustión hecha con tristeza y responsabilidad y motos que viajaban a miles de kilómetros por hora. 
Nada parecía que se iba a detener, ni siquiera por un segundo. El único que podía hacer que eso pase era un semáforo viejo y deteriorado que se encontraba a tres cuadras de esa esquina. Este semáforo olvidado era sólo un ejemplar, un vestigio de aquellos años en que los semáforos lucían con esplendor por nuestras calles. La decadencia también hizo su parte sobre ellos.
Este hombre, que aparentaba unos sesenta años, caminaba ayudado de su bastón. No sé por qué, pero sentí cierto aire familiar en él, como si lo conociera de algún lado. Hubo algo que nos conectó.
En fin, los vehículos pasaban y pasaban, sin darse cuenta de que este pobre señor tenía la intención de cruzar esa avenida.
Pasaron dos minutos, tres, cinco, veinte… Y nadie frenaba. Para nada. 
Y yo, que estaba colgado mirando esta escena, intenté ayudarlo.
Me acerqué y le pregunté: 
- Buenos días, ¿lo puedo ayudar en algo?
El tipo volteó su vista y me miró con sus ojos vacíos, como intentando decir algo que nunca pude descifrar. Pude contabilizar un par de segundos eternos. 
Luego, volvió a mirar hacia el horizonte de esa avenida atiborrada de gente veloz para intentar cruzar. Insistí: 
- ¿Quiere cruzar junto conmigo? 
El hombre me volvió a mirar y me dijo: 
- No te preocupes, pibe. Estoy bien. Puedo solo.
- Bueh... Me dije suspirando a mí mismo.
Extrañado, crucé la avenida y seguí caminando como de costumbre.
Luego, a la tardecita de ese mismo día, volví a esa misma esquina y, otra vez, vi al tipo intentando cruzar la avenida. Pero esta vez estaba del otro lado, es decir, del lado del que me encontraba yo. 
Pensando en la situación que había vivido por la mañana, y al ver que el tipo había podido cruzar, decidí ignorarlo y continuar con mi caminata.
Al cruzar la avenida, comencé a sentir una extraña sensación en el pecho, una inquietud, algo que nunca había experimentado. Una especie de alerta, como diciéndome que algo estaba por ocurrir.
Traté de hacer el menor caso que pude y seguí caminando, apurado por todas las cosas que me atan a la civilización.
Al día siguiente, me enteré que, a través de esa avenida, el tipo decidió irse de viaje al lugar donde se encuentran todos los sueños de nuestras almas.

Yo pienso que si hubiera podido descifrar lo que sus ojos me intentaban decir en aquel momento en que pregunté si lo podía ayudar, podría haber descifrado la verdadera razón por la que se encontraba en aquel lugar intentando, largarse al vacío más profundo al que podemos llegar. 
Y creo que lo hubiera logrado si solamente hubiera comprendido aquella mirada y no hubiera hecho tanto caso a la velocidad de los autos que pasaban, a cuántos minutos tardó en cruzar o, sin más, si hubiese dejado de lado por un segundo a las cosas que me mueven pero no me conmueven.
Quizás el tipo precisaba ayuda, pero no para cruzar, sino otro tipo de ayuda que va más allá de todo. O quizás el hombre me quiso advertir sobre algo. Quién sabe.
Si nos detuviéramos y miráramos más allá de lo que podemos ver, intentando sentir las inquietudes de nuestras almas podríamos, verdaderamente, salvarnos de este mundo que sólo piensa en moverse cada vez más rápido.

18/12/14

martes, 10 de marzo de 2015

Prólogo

Prólogo


Soy un andariego de estas calles. Calles tan cotidianas y comunes que no nos parecen gran cosa pero, de modo implícito, nos dicen mucho más de lo que imaginamos. En ellas abundan, por citar algunos, los Demonios, los Fantasmas y las Gentes Malas. 
Yo soy un tipo de barrio, humilde y sensible, pero con un gran problema: el amor de mi vida me hizo perder la memoria. No recuerdo cuándo ni dónde nací. No sé mi nombre. No conozco a mi familia. Sólo conozco el vago andar sobre estas inertes piedras grises que mucho dicen.  Soy, como un día bien supo definirme una bella señorita, un alma sin tiempo.
Mis relatos están basados en narrar, de manera torpe pero entendible, aquellas cosas que voy recolectando para poder -de alguna manera- volver a mi antiguo ser, aquella alma desconocida e ingenua que cayó en las garras de otra, más astuta y cruel, por cierto. La cotidianeidad de estas calles y los personajes que abundan en ellas, creo yo, harán que mi memoria vuelva y todo pueda ser como en aquellos tiempos de cúpulas de oro y racimos de uva. 
Le recomiendo a usted, querido lector, que no haga caso si en estos relatos encuentra retazos de almas abandonadas y brillos de ojos tristes. Seguramente sean vestigios de aquellos cuerpos que supe vestir alguna vez.

No nos asustemos nunca de nuestros sueños.

A.L.V 10/03/15

El maldito amor



El maldito amor



El maldito amor es una constante en esta vida. La gente se enamora, se pierde, llega a la cima del mundo, sufre, y luego vuelve en sí misma, intentando aprender en base a los errores y aciertos que haya experimentado.
Otra gente nunca puede volver en sí. Ellos, con mucho esmero, logran alcanzar aquello que tanto desean y luego quedan anestesiados, viviendo en un sueño del cual sólo pueden escapar de a ratitos.
Y también estamos nosotros, los que sobrevivimos en una triste y eterna agonía en la que todas aquellas situaciones y cosas que hemos vivido y soñado quedan grabadas a fuego en nuestra alma, cuyo recuerdo es imposible suprimir.
Cuando esto sucede no existe un “punto final”, sino que todo se transforma en un suceso perpetuo que sólo se puede sentir.
Así, quedamos inmersos en un río de ilusiones que tarde o temprano desembocará en el delta más absurdo del corazón.
Yo, por ejemplo, hace tiempo que miro esos ojos, caigo y vuelvo a perder.
Y me niego a intentar ganar, porque el maldito amor significa perder la razón.


A.L.V. 31/07/14