Avenida I
Una vez, caminando por estas calles, vi a un señor intentando cruzar la avenida. Era una avenida muy transitada: colectivos repletos de gente con almas enjauladas, autos humeando una combustión hecha con tristeza y responsabilidad y motos que viajaban a miles de kilómetros por hora.
Nada parecía que se iba a detener, ni siquiera por un segundo. El único que podía hacer que eso pase era un semáforo viejo y deteriorado que se encontraba a tres cuadras de esa esquina. Este semáforo olvidado era sólo un ejemplar, un vestigio de aquellos años en que los semáforos lucían con esplendor por nuestras calles. La decadencia también hizo su parte sobre ellos.
Este hombre, que aparentaba unos sesenta años, caminaba ayudado de su bastón. No sé por qué, pero sentí cierto aire familiar en él, como si lo conociera de algún lado. Hubo algo que nos conectó.
En fin, los vehículos pasaban y pasaban, sin darse cuenta de que este pobre señor tenía la intención de cruzar esa avenida.
Pasaron dos minutos, tres, cinco, veinte… Y nadie frenaba. Para nada.
Y yo, que estaba colgado mirando esta escena, intenté ayudarlo.
Me acerqué y le pregunté:
- Buenos días, ¿lo puedo ayudar en algo?
El tipo volteó su vista y me miró con sus ojos vacíos, como intentando decir algo que nunca pude descifrar. Pude contabilizar un par de segundos eternos.
Luego, volvió a mirar hacia el horizonte de esa avenida atiborrada de gente veloz para intentar cruzar. Insistí:
- ¿Quiere cruzar junto conmigo?
El hombre me volvió a mirar y me dijo:
- No te preocupes, pibe. Estoy bien. Puedo solo.
- Bueh... Me dije suspirando a mí mismo.
Extrañado, crucé la avenida y seguí caminando como de costumbre.
Luego, a la tardecita de ese mismo día, volví a esa misma esquina y, otra vez, vi al tipo intentando cruzar la avenida. Pero esta vez estaba del otro lado, es decir, del lado del que me encontraba yo.
Pensando en la situación que había vivido por la mañana, y al ver que el tipo había podido cruzar, decidí ignorarlo y continuar con mi caminata.
Al cruzar la avenida, comencé a sentir una extraña sensación en el pecho, una inquietud, algo que nunca había experimentado. Una especie de alerta, como diciéndome que algo estaba por ocurrir.
Traté de hacer el menor caso que pude y seguí caminando, apurado por todas las cosas que me atan a la civilización.
Al día siguiente, me enteré que, a través de esa avenida, el tipo decidió irse de viaje al lugar donde se encuentran todos los sueños de nuestras almas.
Yo pienso que si hubiera podido descifrar lo que sus ojos me intentaban decir en aquel momento en que pregunté si lo podía ayudar, podría haber descifrado la verdadera razón por la que se encontraba en aquel lugar intentando, largarse al vacío más profundo al que podemos llegar.
Y creo que lo hubiera logrado si solamente hubiera comprendido aquella mirada y no hubiera hecho tanto caso a la velocidad de los autos que pasaban, a cuántos minutos tardó en cruzar o, sin más, si hubiese dejado de lado por un segundo a las cosas que me mueven pero no me conmueven.
Quizás el tipo precisaba ayuda, pero no para cruzar, sino otro tipo de ayuda que va más allá de todo. O quizás el hombre me quiso advertir sobre algo. Quién sabe.
Si nos detuviéramos y miráramos más allá de lo que podemos ver, intentando sentir las inquietudes de nuestras almas podríamos, verdaderamente, salvarnos de este mundo que sólo piensa en moverse cada vez más rápido.
18/12/14
Nada parecía que se iba a detener, ni siquiera por un segundo. El único que podía hacer que eso pase era un semáforo viejo y deteriorado que se encontraba a tres cuadras de esa esquina. Este semáforo olvidado era sólo un ejemplar, un vestigio de aquellos años en que los semáforos lucían con esplendor por nuestras calles. La decadencia también hizo su parte sobre ellos.
Este hombre, que aparentaba unos sesenta años, caminaba ayudado de su bastón. No sé por qué, pero sentí cierto aire familiar en él, como si lo conociera de algún lado. Hubo algo que nos conectó.
En fin, los vehículos pasaban y pasaban, sin darse cuenta de que este pobre señor tenía la intención de cruzar esa avenida.
Pasaron dos minutos, tres, cinco, veinte… Y nadie frenaba. Para nada.
Y yo, que estaba colgado mirando esta escena, intenté ayudarlo.
Me acerqué y le pregunté:
- Buenos días, ¿lo puedo ayudar en algo?
El tipo volteó su vista y me miró con sus ojos vacíos, como intentando decir algo que nunca pude descifrar. Pude contabilizar un par de segundos eternos.
Luego, volvió a mirar hacia el horizonte de esa avenida atiborrada de gente veloz para intentar cruzar. Insistí:
- ¿Quiere cruzar junto conmigo?
El hombre me volvió a mirar y me dijo:
- No te preocupes, pibe. Estoy bien. Puedo solo.
- Bueh... Me dije suspirando a mí mismo.
Extrañado, crucé la avenida y seguí caminando como de costumbre.
Luego, a la tardecita de ese mismo día, volví a esa misma esquina y, otra vez, vi al tipo intentando cruzar la avenida. Pero esta vez estaba del otro lado, es decir, del lado del que me encontraba yo.
Pensando en la situación que había vivido por la mañana, y al ver que el tipo había podido cruzar, decidí ignorarlo y continuar con mi caminata.
Al cruzar la avenida, comencé a sentir una extraña sensación en el pecho, una inquietud, algo que nunca había experimentado. Una especie de alerta, como diciéndome que algo estaba por ocurrir.
Traté de hacer el menor caso que pude y seguí caminando, apurado por todas las cosas que me atan a la civilización.
Al día siguiente, me enteré que, a través de esa avenida, el tipo decidió irse de viaje al lugar donde se encuentran todos los sueños de nuestras almas.
Yo pienso que si hubiera podido descifrar lo que sus ojos me intentaban decir en aquel momento en que pregunté si lo podía ayudar, podría haber descifrado la verdadera razón por la que se encontraba en aquel lugar intentando, largarse al vacío más profundo al que podemos llegar.
Y creo que lo hubiera logrado si solamente hubiera comprendido aquella mirada y no hubiera hecho tanto caso a la velocidad de los autos que pasaban, a cuántos minutos tardó en cruzar o, sin más, si hubiese dejado de lado por un segundo a las cosas que me mueven pero no me conmueven.
Quizás el tipo precisaba ayuda, pero no para cruzar, sino otro tipo de ayuda que va más allá de todo. O quizás el hombre me quiso advertir sobre algo. Quién sabe.
Si nos detuviéramos y miráramos más allá de lo que podemos ver, intentando sentir las inquietudes de nuestras almas podríamos, verdaderamente, salvarnos de este mundo que sólo piensa en moverse cada vez más rápido.
18/12/14
No hay comentarios.:
Publicar un comentario