martes, 31 de marzo de 2015

Las calles I

Las calles I


Muchos dicen que este lugar es el lugar donde la mala suerte florece hasta por debajo de los adoquines más fríos y llenos de moho que se puedan encontrar. Y me temo que esto es cierto.
Las noches aquí, en estas calles, ya no tienen ese tinte de calidez y tranquilidad que supo lucir en sus años gloriosos. Las esquinas ya no nos invitan a escuchar esos bandoneones y borrachines repletos de notas lindantes con las soledad. Los pibes actuales no conocen aquellas ceremonias intachables en las que se designaban cargos tan importantes como los jugadores de cada equipo de fútbol o la humillante entrega de un competidor a otro de sus mejores bolitas. Estas últimas, ya cansadas de tanto girar, se olvidaron de los secretos que les contamos en otro tiempo. Hasta las viejas chusmas ya no se interesan en los antojos del caprichoso tiempo, ni en su erróneo pronóstico.
Indiscutiblemente, la Abundante Mediocridad, liderada en su mayoría por los Demonios del Tiempo, ha tenido un paso muy profundo por este lugar.
Mi lugar.
Estas calles han sido testigo de incontables hazañas dignas de los caballeros más nobles. Por ejemplo, recuerdo la vez que ayudé a esconderse muy estratégicamente a una compañera del colegio jugando a las escondidas, para luego concretar el beso más inocente y hermoso de la vida.
Y siguiendo la naturaleza de estos hechos, es válido afirmar que un caballero no tiene memoria. Es ésta una verdad tan irrefutable que las explicaciones sobran. Pero con lo cabeza dura que soy se los voy a contar.
Celeste, la chica de los ojos grises, es una muchacha muy especial: posee un andar muy voluptuoso, utiliza palabras concisas y sensatas y por sobre todas las cosas, es dueña de una mirada más tanguera que el tango mismo: nostálgica, tierna, con aire a callecita mojada por la lluvia y también un poco burlona. Son esos ojos los que robaron mi identidad. Como ya dije en el prólogo de estas crónicas, desconozco mi nombre, no recuerdo dónde queda mi casa, no sé quién es mi familia... Esta mujer, al atraparme eternamente con su bello ser, y luego rechazarme de un modo definitivo, se llevó de mí la única parte en la que podía hallar verdades. Es decir, tomó mi alma y la tiró quién sabe por dónde.
Ante este rechazo, ocurrido en Plaza de Las Desgracias, comencé a vagar tristemente pisando hojas de otoño.
Advertido de esto, un demonio se me apareció pidiendo limosnas. Yo sólo lo miré. Tenía aspecto de hombre de fábrica, con ropa sucia de conjunto azul.
El demonio, con palabras muy hábiles, me dijo:
-Sé lo que te pasó, muchacho. -Yo tengo la solución para tan horrendo mal. -Nuestras almas son más crueles de lo que creemos: si no se van, alguien nos las roba.
Con mis ojos turbios le contesté:
-Ya veo que sos uno de esos demonios que abundan hoy en nuestras calles. Debería estar asustado, pero no lo estoy. Sos un ente maligno, pero no creo que superes la crueldad de aquella mujer hermosa. - Decime, ¿cuál es la solución que me ofrecés?
El demonio, con un tono inspirado, me dijo:
- No te voy a pedir que me vendas tu alma porque no la tenés. Sólo te voy a pedir una cosa, si vos primero encontrás mi alma, yo te digo dónde está la tuya.
Ante semejante barbaridad, contesté:
-¡¿Pero cómo querés que encuentre la tuya si ni siquiera se dónde quedó la mía?! No seas sinvergüenza.
Hábilmente, él contestó:
-No, m'hijo: yo soy un demonio. Yo conozco todo de todos pero no se nada de mí. Solamente un mortal, aunque esté vacío como vos, puede devolverme al cielo. si vos conseguís mi alma, dejaré de penar aquí en la tierra y me iré al paraíso, y vos, con tu alma, vas a recuperar tu memoria. Es sabido por todos que sin mi ayuda nunca vas la vas a recuperar.
No tan convencido de esas habladurías, le respondí:
-Y bueh... Qué más da... Acepto. Pero, ¿cómo comienzo a buscar? Quizá de esa manera pueda encontrar mi alma y volver mi memoria incluso antes de encontrar tu alma...
Y tras esta pregunta, el demonio se esfumó, dejando una niebla gris con olor a inmundicia animal. Pero para sorpresa mía, en el lugar donde él se encontraba quedó una nota que decía:
"Buscá por donde quieras, por donde vos creas que sea necesario. Interrogá a la gente conocida, a los no conocidos, a los ingratos, a los nefastos y a las golfas. Metete en los bares. Investigá. Leé historias del barrio... Va a ser muy difícil encontrarla, pero es posible. A partir de ahora me voy a comunicar por estas notas con vos. Cada semana a esta hora pegate una vuelta por este banco. Una nota mía vas a encontrar. No quiero interferir en la búsqueda."
Tras leer la carta, me fui hasta la esquina y me metí al bar de Don Carlos, el viejo de abundante barba blanca, a emborracharme con vino e historias obscenas.

martes, 24 de marzo de 2015

Charlas

Charlas


El hecho de que no me guste hablar mucho con la gente y que a veces -admito- sea un poco “frío” no quiere decir que sea “antisocial” o “antipático”, sino que la cuestión pasa porque me he dado cuenta que la mayoría de las personas sólo hablan de, por así decir, “chusmeríos” y esto, según mi punto de vista, es algo que lleva a contradicciones y posteriores malos entendidos que conllevan a discusiones sin sentido que nos remiten a la nada misma.
Por esta razón, prefiero charlar con los animales.

A.L.V. 21/07/14

Invisibilidad

Invisibilidad


Bajo la brisa de aquellos tibios vientos de verano, vio el atolondrado camino hacia el pasto que siguió esa flor de azahar que hacía minutos que miraba, encandilado por la semejanza que tenía su blanco color con la piel de aquella hermosa dama que lo acompañaba. Era un blanco paz. Descansaban sobre las escalinatas de una casa –muy especial para ellos–, luego de haber corrido unas cuadras perseguidos por unos niños que jugaban a las atrapadas, con horquetas de metal y túnicas de color celeste claro.
Junto a ella, bajó por las escalinatas de la entrada de aquella casa que pensaba alquilar para poder, finalmente y de una vez por todas, casarse. El silencio adornaba la quietud de esas calles que fueron testigos de su niñez y sus andanzas entre bicicletas mancebas y autos despintados sin alma ni motor.
Cada vez que sentía una pequeña mueca de tristeza, lograba ahogarla en su pecho besando aquella mujer que conoce desde hace muchos años. Y, ¡claro! ¿Cómo no iba a estar enamorado de ella con lo hermosa y perfecta que era? ¿Quién no se enamoraría de aquella niña que supo deslumbrar a todo el barrio –pero especialmente a él- con su pelo color café y sus ojos brillantes? 
Ella volvía perfecto su mundo. Hubiera sido inconcebible que en ese momento no estuvieran juntos. Pero ahí estaban, disfrutando del cálido sol de aquel siete de enero, embadurnado con el aroma de las flores de azahar que abundaba en los ligustrinos de aquel soñado hogar. 
Cada persona gris que pasaba se asombraba al ver la escena de estos dos: un par de enamorados que podían verse y descubrirse y soñarse uno al otro, sin temor a lo que los escépticos o matemáticos pudieran razonar. Me atrevo a decir que desde aquí, desde mi habitación, se podía sentir el dulce aroma que emanaba la dicha que sentían aquellos dos.
Estas personas que pasaban, poco podían entender del sentimiento que ellos tenían, tan así que miraban con ojos extrañados la escena. Hubieron algunos atrevidos e irrespetuosos que huyeron corriendo despavoridos, ¡pobres incomprensibles a la hora del amor!.
A medida que pasaban los minutos, las horas, los días, los meses, los años; ese amor, o mejor dicho, esa locura crecía un poco más. Muchos envidiosos tiraron con flechas de metal a los enamorados, como intentando sucumbir ese sentimiento incandescente. Incluso hubo quienes quisieron atarlos de pies y manos, intentando evitar que aquellos dos desquiciados logren tocarse.
Pero era imposible. Ellos seguían allí: él la miraba con los mismos ojos soñadores que tenía cuando apenas era un niño de cinco años. Ella era, con una suave y tierna vergüenza -característica de una niña de seis-, observada con detenimiento y serenidad, con suspicacia y precisión, con deleite y frescura.
Hablaron sobre Coqui, el perro labrador que tenía el padre de ella en esa antigua casa en la que vivió en tiempos lejanos, no muy lejos de allí. Recordaron la vez en que él, como símbolo irremplazable de su amor tan precoz y joven, le ofrendó un ramo de flores –de azahar- envueltas, con desprolija delicadeza, en una hoja azul pintada con témperas, para luego ser recompensado con su primer beso, el más hermoso de todos. Hablaron sobre música, cantaron desafinados e, inútilmente, intentaron escribir, sobre las hojas de un sauce llorón, la letra de una canción que solían cantar en otras épocas, en aquellas épocas en las que reinaba la esperanza la ingenuidad y la alegría. Épocas, en esencia, muy parecidas al momento que vivían.
Siguieron caminando varias cuadras hasta que decidieron tomarse un taxi. Él sintió, por un ínfimo momento, una especie de déja-vu. Sin hacer demasiado caso intentó, infructuosamente, detener uno que pasó zumbando muy cerca de sus pies. Sin darse por vencido y con real convicción, siguió intentando frenar alguno, con el sólo objetivo de ir con su amada hasta su casa y redondear lo que fue una tarde espléndida, llena de magia y pasión. Los autos, cada vez más veloces, no frenaban. Ni antes ni después, los autos quisieron frenar, como si ese lugar fuera el único en la tierra en el que los autos nunca paraban, como si un Demonio hubiera decidido, deliberadamente, que allí nadie frenaba. Un poco angustiado, le pidió a su amada ir caminando.
La noche caía más rápidamente de lo que creían: como si el sol estuviera apurado por irse a descansar luego de haber ornamentado aquella empalagosa tarde; como si la luna no quisiera perderse la pureza de este par de enamorados caminando como desesperados en búsqueda de un sueño mayor.
Sin embargo, los Demonios están a la orden del día. A falta de cuatro cuadras, sintieron que una camioneta, equipada con sirena y luces en su techo, detenía su marcha detrás de ellos. Él, aturdido y conmocionado por la situación, decidió tomar de la mano a su prometida y echarse a correr. Casi sin pensar, corrieron. Corrieron lo más rápido que pudieron: abrieron, a las patadas, la puerta de un triste patio fangoso; saltaron con destreza tres paredones que dividen los patios del barrio; se toparon con un perro grandote que ladraba débilmente y con uno pequeño que lo hacía ferozmente; siguieron corriendo por una calle perpendicular que estaba tan vacía como todo ese día, como todo ese momento, como toda su vida... Finalmente, estos hombres, que de por sí estaban muy bien adiestrados, lograron aprehenderlos.
Mejor dicho, lograron aprehenderlo. A él. Al único que se encontraba allí.
A los gritos, imploraba que lo suelten y lo dejen ir a su casa con su amada. Les contó que estaban por casarse y que iban a alquilar una simpática casa que había a varias cuadras de allí. Les contó acerca de las flores de azahar, de las bicicletas, de Coqui, del primer beso… 
Rogaba, por favor, que desaten sus manos y sus pies de esa camilla, que lo marcaba y lo lastimaba y lo dejaba sin aire ni fuerzas. Que ya estaba cansado y sólo quería recostarse sobre el cálido pecho de su futura mujer, su única mujer, la dueña eterna de sus locuras. Clamaba, a los cuatro vientos, que dejen de apuñalarlo con esos amargos venenos irritantes y que dejen de embolsarlo dentro de ese chaleco inservible. Gritaba que todos estaban locos, que nadie entendía el amor que él sentía por ella: el amor más puro y sincero que nunca nadie supo tener. Con un grito despavorido y lleno de insultos les contestó cuando le dijeron que su novia había muerto a los seis años en un accidente con un taxi y que la casa llena de flores ya no existía. Creyó herirles el alma al escupirles, sin vergüenza, la palabra ‘insensatos’. 
Siguió murmurando aquella cancioncita de amores hasta que se durmió, pensando en la espléndida tarde que había pasado junto a ella.
Los enfermeros, ya acostumbrados a este tipo de escenas, cerraron la puerta, la aseguraron con llave y volvieron a su guardia rutinaria.


¿Por qué conformarnos solamente con lo que hay? ¿Por qué no pelear por nuestros sueños, aunque estemos exhaustos y nos sintamos sin fuerzas para seguir? ¿Por qué no, mejor, luchar por amores imposibles y toparnos así con miles de aventuras? ¿Por qué, en vez de conformarnos con la Abundante Mediocridad, no volvemos emocionantes nuestras vidas con solamente mirar unos ojos que luego jamás existirán?

A veces me dan ganas de gritar, como el tipo del cuento, que la verdadera locura es aquella que pasa por la cordura y la sensatez.

A.L.V. 07/01/15

martes, 17 de marzo de 2015

Avenida I

Avenida I


Una vez, caminando por estas calles, vi a un señor intentando cruzar la avenida. Era una avenida muy transitada: colectivos repletos de gente con almas enjauladas, autos humeando una combustión hecha con tristeza y responsabilidad y motos que viajaban a miles de kilómetros por hora. 
Nada parecía que se iba a detener, ni siquiera por un segundo. El único que podía hacer que eso pase era un semáforo viejo y deteriorado que se encontraba a tres cuadras de esa esquina. Este semáforo olvidado era sólo un ejemplar, un vestigio de aquellos años en que los semáforos lucían con esplendor por nuestras calles. La decadencia también hizo su parte sobre ellos.
Este hombre, que aparentaba unos sesenta años, caminaba ayudado de su bastón. No sé por qué, pero sentí cierto aire familiar en él, como si lo conociera de algún lado. Hubo algo que nos conectó.
En fin, los vehículos pasaban y pasaban, sin darse cuenta de que este pobre señor tenía la intención de cruzar esa avenida.
Pasaron dos minutos, tres, cinco, veinte… Y nadie frenaba. Para nada. 
Y yo, que estaba colgado mirando esta escena, intenté ayudarlo.
Me acerqué y le pregunté: 
- Buenos días, ¿lo puedo ayudar en algo?
El tipo volteó su vista y me miró con sus ojos vacíos, como intentando decir algo que nunca pude descifrar. Pude contabilizar un par de segundos eternos. 
Luego, volvió a mirar hacia el horizonte de esa avenida atiborrada de gente veloz para intentar cruzar. Insistí: 
- ¿Quiere cruzar junto conmigo? 
El hombre me volvió a mirar y me dijo: 
- No te preocupes, pibe. Estoy bien. Puedo solo.
- Bueh... Me dije suspirando a mí mismo.
Extrañado, crucé la avenida y seguí caminando como de costumbre.
Luego, a la tardecita de ese mismo día, volví a esa misma esquina y, otra vez, vi al tipo intentando cruzar la avenida. Pero esta vez estaba del otro lado, es decir, del lado del que me encontraba yo. 
Pensando en la situación que había vivido por la mañana, y al ver que el tipo había podido cruzar, decidí ignorarlo y continuar con mi caminata.
Al cruzar la avenida, comencé a sentir una extraña sensación en el pecho, una inquietud, algo que nunca había experimentado. Una especie de alerta, como diciéndome que algo estaba por ocurrir.
Traté de hacer el menor caso que pude y seguí caminando, apurado por todas las cosas que me atan a la civilización.
Al día siguiente, me enteré que, a través de esa avenida, el tipo decidió irse de viaje al lugar donde se encuentran todos los sueños de nuestras almas.

Yo pienso que si hubiera podido descifrar lo que sus ojos me intentaban decir en aquel momento en que pregunté si lo podía ayudar, podría haber descifrado la verdadera razón por la que se encontraba en aquel lugar intentando, largarse al vacío más profundo al que podemos llegar. 
Y creo que lo hubiera logrado si solamente hubiera comprendido aquella mirada y no hubiera hecho tanto caso a la velocidad de los autos que pasaban, a cuántos minutos tardó en cruzar o, sin más, si hubiese dejado de lado por un segundo a las cosas que me mueven pero no me conmueven.
Quizás el tipo precisaba ayuda, pero no para cruzar, sino otro tipo de ayuda que va más allá de todo. O quizás el hombre me quiso advertir sobre algo. Quién sabe.
Si nos detuviéramos y miráramos más allá de lo que podemos ver, intentando sentir las inquietudes de nuestras almas podríamos, verdaderamente, salvarnos de este mundo que sólo piensa en moverse cada vez más rápido.

18/12/14

martes, 10 de marzo de 2015

Prólogo

Prólogo


Soy un andariego de estas calles. Calles tan cotidianas y comunes que no nos parecen gran cosa pero, de modo implícito, nos dicen mucho más de lo que imaginamos. En ellas abundan, por citar algunos, los Demonios, los Fantasmas y las Gentes Malas. 
Yo soy un tipo de barrio, humilde y sensible, pero con un gran problema: el amor de mi vida me hizo perder la memoria. No recuerdo cuándo ni dónde nací. No sé mi nombre. No conozco a mi familia. Sólo conozco el vago andar sobre estas inertes piedras grises que mucho dicen.  Soy, como un día bien supo definirme una bella señorita, un alma sin tiempo.
Mis relatos están basados en narrar, de manera torpe pero entendible, aquellas cosas que voy recolectando para poder -de alguna manera- volver a mi antiguo ser, aquella alma desconocida e ingenua que cayó en las garras de otra, más astuta y cruel, por cierto. La cotidianeidad de estas calles y los personajes que abundan en ellas, creo yo, harán que mi memoria vuelva y todo pueda ser como en aquellos tiempos de cúpulas de oro y racimos de uva. 
Le recomiendo a usted, querido lector, que no haga caso si en estos relatos encuentra retazos de almas abandonadas y brillos de ojos tristes. Seguramente sean vestigios de aquellos cuerpos que supe vestir alguna vez.

No nos asustemos nunca de nuestros sueños.

A.L.V 10/03/15

El maldito amor



El maldito amor



El maldito amor es una constante en esta vida. La gente se enamora, se pierde, llega a la cima del mundo, sufre, y luego vuelve en sí misma, intentando aprender en base a los errores y aciertos que haya experimentado.
Otra gente nunca puede volver en sí. Ellos, con mucho esmero, logran alcanzar aquello que tanto desean y luego quedan anestesiados, viviendo en un sueño del cual sólo pueden escapar de a ratitos.
Y también estamos nosotros, los que sobrevivimos en una triste y eterna agonía en la que todas aquellas situaciones y cosas que hemos vivido y soñado quedan grabadas a fuego en nuestra alma, cuyo recuerdo es imposible suprimir.
Cuando esto sucede no existe un “punto final”, sino que todo se transforma en un suceso perpetuo que sólo se puede sentir.
Así, quedamos inmersos en un río de ilusiones que tarde o temprano desembocará en el delta más absurdo del corazón.
Yo, por ejemplo, hace tiempo que miro esos ojos, caigo y vuelvo a perder.
Y me niego a intentar ganar, porque el maldito amor significa perder la razón.


A.L.V. 31/07/14