Medición de los sueños
Cierta vez, en mis años de lector compulsivo, llegó a mis manos un texto acerca de Pablo Seragnoli, un científico matemático especializado en todo aquello que confiere a la mente humana. Seragnoli fue un apasionado de esta, y especialmente basaba sus investigaciones en intentar explicar la manera en que el cerebro piensa, calcula, ordena, computa y resuelve los sueños. Sí: él estudiaba la parte lógica de los sueños. Su filosofía de estudio está claramente marcada por su paso por la UCLEI (Universidad de Ciencias Lógicas e Irrefutables), una institución tan respetable como odiosa.
Seragnoli llegó a observar a cientos de personas durmiendo, anotando precisa y detalladamente cada pequeña situación que percibía, para luego indagar y tomar nota de cada minucioso detalle de los sueños que los investigados contaban y llegaban a recordar.
Sus investigaciones, recibidas aceptablemente por la crítica mundial, fueron compiladas en su libro La mente humana: datos matemáticos acerca de los sueños.
En el libro, el científico habla acerca de 204 personas que observó mientras dormían, con aparatos para medir las pulsaciones, cámaras de video filmando cada movimiento de los investigados y decenas de aparatos más para poder, simplemente, medir tangiblemente cada expresión de los que dormían. Cada caso incluye una hipótesis, propuesta después de observar a la persona dormir, en la que intenta adivinar lo que fue soñado, y una conclusión final en la que Seragnoli intenta explicar, en base a sus cálculos, por qué cada persona soñó lo que soñó y por qué lo hizo de tal manera.
Para elegir a las personas que iba a investigar, Seragnoli tenía un perfil predeterminado, el cual decía que la persona a investigar podía ser de cualquier edad, cualquier sexo o cualquier clase social, pero debía tener algo que conmueva al propio científico: una mirada, algún gesto particular, una manera de hablar, cierto ritmo al caminar. Para esto, hurgó por las calles y logró reclutar a 204 seres humanos.
Experiencias de Seragnoli
Por citar un ejemplo, en la página 95 del libro, en la cual se nos explica el caso número 32, se nos habla acerca de un abogado de mirada triste que llevaba una vida rutinaria, yendo de su casa a la oficina en su auto y viceversa, todos los días. Al ofrecerle ser uno de sus “conejillos de indias” el tipo insistió en que debía pagarle por las horas de trabajo que le descontarían, ya que el experimento lo hizo en la noche de un miércoles para la mañana del jueves, a lo cual el científico le propuso pagarle siempre y cuando la experiencia resulte fructífera para sus investigaciones. Durante la experiencia, Seragnoli pudo identificar a lo largo de toda la noche 134 movimientos de dedos de las manos, 77 movimientos cortos de la cabeza, 193 muecas de sonrisas y 25 movimientos del pié. Antes de la indagación, el científico explicó en la hipótesis que el abogado podría haber soñado con haber estado tocando algún instrumento de música como el piano o la guitarra, ya que conocía acerca de sus dotes para la música que, tristemente, fueron reprimidos por la rutina laboral. Sin embargo, para sorpresa de él, el abogado sólo reconoció haber soñado con una lejana y borrosa imagen que se le acercaba para pedirle algo como inspiración para escribir un libro sin sentido. Seragnoli, ofendido y frustrado, lo echó a patadas sin pagarle.
También, más adelante, se nos habla de un niño que contó al científico que soñaba con volar un avión, cuando en realidad, para él, teniendo en cuenta las mediciones hechas a los movimientos de sus párpados al dormir, soñaba con acariciar un oso de peluche. Incluso aparece, casi al final del libro, el relato sobre un hombre que intentó no dormir durante la experiencia, pero luego, al momento de la indagación, el hombre se durmió por completo. Seragnoli creyó que el tipo se horrorizó al querer que un extraño conozca, deduzca y explique sus sueños. Ante esto escribió:
“El sujeto, horrorizado ante el hecho de conocer su incapacidad para soñar, decidió dormir al momento de mis preguntas. Por lo cual mi conclusión es que este sujeto carece de sueños.
Obviamente, deduzco que el científico mintió en esa conclusión, ya que dos páginas después, nos enteramos que ese hombre no volvió a despertar.
Dejando de lado la buena recepción que tuvo por parte de la crítica general, al publicarse el libro muchos criticaron al matemático tildándolo de “irresponsable”, argumentando que los sueños sólo se pueden conocer y explicar ingresando a la mente del soñador. Otros, sin embargo, aplaudieron y galardonaron sus investigaciones, argumentando que éstas servirán como base para, en un futuro, poder crear artefactos en los que podamos recrear, con exacta precisión, imágenes y sonidos de nuestros sueños en base a los valores expuestos en, por ejemplo, el capítulo 3 acerca de “Magnitudes de los sueños” o en el capítulo 4 titulado “Funciones cuadráticas de los sueños”.
Dejando de lado la buena recepción que tuvo por parte de la crítica general, al publicarse el libro muchos criticaron al matemático tildándolo de “irresponsable”, argumentando que los sueños sólo se pueden conocer y explicar ingresando a la mente del soñador. Otros, sin embargo, aplaudieron y galardonaron sus investigaciones, argumentando que éstas servirán como base para, en un futuro, poder crear artefactos en los que podamos recrear, con exacta precisión, imágenes y sonidos de nuestros sueños en base a los valores expuestos en, por ejemplo, el capítulo 3 acerca de “Magnitudes de los sueños” o en el capítulo 4 titulado “Funciones cuadráticas de los sueños”.
Seragnoli estudia sus propios sueños
Luego de mucho tiempo, en un artículo de una inmunda revista, salió a la luz un presunto capítulo perdido de este libro, en el cual se explica que debido a la escasez de información quedó afuera del mismo e iba a ser el capítulo número 14, y que iba a tener como título “Los sueños y su registro”. En este texto, el sujeto a investigar es el propio Seragnoli, el cual nos comenta que registrará cada sueño –soñado por él mismo– a la mañana siguiente luego de haber dormido.
Es decir, el tipo se acostaría a dormir como de costumbre y, a la mañana siguiente, registraría en papel cada sueño que recuerde de la noche anterior.
El experimento comenzó bien. La primera noche cenó, despidió a su mujer y a su hija con un beso y se fue a dormir. Durmió 7 horas y media. Al despertar, comenzó a escribir y recordó haber soñado que andaba a caballo en el campo con su padre, situación que vivió seguidamente hasta la edad de nueve años, tiempo en que sus padres se trasladaron a la ciudad.
La noche siguiente, también. Cenó, besó a su familia y se fue a dormir. Durmió 9 horas y cuarto –ya que el día siguiente era sábado-. Al despertar, comenzó a escribir que soñó estar comiendo un asado luego de un partido de fútbol con sus amigos y, que en medio de la cuarta cerveza, comenzó a llover como casi nunca había visto llover en su vida. Nada fuera de lo normal.
Seragnoli siguió durmiendo, despertándose y contando sus sueños por varios días. Pero los problemas comenzaron, aproximadamente, a las dos semanas de comenzada la experiencia.
Repentinamente, los sueños fueron volviéndose cada vez más turbios, borrosos, difusos, como si alguien pusiera un vidrio empañado delante de su vista y no le permitiera verlos con claridad. El matemático fue obsesionándose más en escribir, incluso pasando tardes enteras sin hablar con nadie, ocupado en redactar lo mejor posible para compensar la falta de claridad de las imágenes oníricas. Los textos fueron tendiendo a describir menos imágenes, pero explicando sensaciones extrañas en ellos, para luego desembocar en atolondradas conclusiones. Por ejemplo, una mañana escribió:
“Soñé con un rostro. Otra vez, la imagen era difícil de ver, era difusa. Pero era distinto: este, verdaderamente, era un rostro difuso. Es decir, la imagen era clara, el borroso era el rostro, como si no tuviera expresión, ni identidad, ni sueños. El rostro me hizo sentir, primeramente, pánico: creí haber visto la cara del Diablo. Pero luego, tomé valor y comencé a acercarme a él. Sigilosamente, intenté acariciarlo, pero repentinamente desapareció, y yo desperté. Creo que ese Diablo sintió miedo al notar que yo sentí miedo por él, y por esta razón huyó.
Quizás el rostro nunca existió. Quizás el Diablo sea yo.
Pero luego de este último sueño, el investigador dejó de soñar. Al despertarse cada mañana, sentía la frustración de no poder escribir nada. Sus textos sólo naufragaban los mares de la ira, del dolor, del rencor, del sufrimiento, de la pena y del desamor. La decepción fue tan grande que decayó en una depresión sin límites.
Sin embargo, este no fue el punto máximo de su desgracia: llegó un momento en el que dejó de dormir. El científico nunca explica los motivos por los que dejó de conciliar el sueño, no se sabe si fue por voluntad propia o si los Demonios de estas calles quisieron que así sea.
Sus textos, hablaron de traición, de desesperanza e, incluso, del fin de los tiempos. Sentía la traición de los ángeles que regalan sueños, los cuales creía que fueron muy egoístas con él y no le permitieron continuar con sus investigaciones matemáticas, lo cual era –paradójicamente– su mayor sueño. Habló de desesperanza al explicar que, a causa de no poder dormir, abandonaría su mayor sueño sólo por volver a hacerlo. Y comentó acerca del fin de los tiempos al delirar acerca de sus últimos sueños, en los que el fuego inundaría las ciudades y las pesadillas de la gente escaparían de sus cerebros para volverse realidad.
En la mañana número 27, tras nueve días de padecer modorra y ansioso por dormir, dejó de escribir. El matemático pensó que, si dejaba de intentar convertir en algo tangible sus sueños, si se atrevía a dejar que su alma los controle de manera natural, si se aventuraba solamente a soñar sin preocuparse sobre las responsabilidades del día siguiente, el sueño volvería.
Y fue así. Al día siguiente volvió a dormirse. Lo hizo por cuatro días seguidos. Pero durante ese lapso no soñó nada, sino que solamente oyó una suave voz que le susurró:
-Escuchame, nunca dejes de soñar. Nunca intentes medir con regla tus sueños. Nosotros somos intangibles. A nosotros no nos podés comparar con nada: nosotros somos tu motor. Es nuestra energía la que da vida a tu energía. Si vos intentás convertirnos en algo cotidiano, en una cosa que se pueda medir con números o analizar con fórmulas odiosas, corremos el riesgo de desaparecer. ¿Sabés por qué? Porque nuestra naturaleza no está en nuestro tamaño, nuestra naturaleza es solamente hacer que tu alma se mueva y se conmueva con las cosas que más querés. Nunca nos abandones, porque nosotros nunca lo haríamos.
Al despertar, el matemático se sintió renovado. Ya nunca volvió a intentar explicar sus sueños, sólo se limitó a intentar cumplirlos.
Lamentablemente, el artículo publicado fue destruido al poco tiempo ya que –como si un Demonio hubiese querido- ésta fue la última publicación de la revista antes de que la imprenta encargada de su edición sufra un extraño incendio. Sólo salieron a la calles un puñado de 200 ejemplares, repartidos entre los peores y olvidadizos canillitas de la ciudad.
Dejando de lado la locura a la que fue conducido Seragnoli luego de la experiencia narrada, este texto perdido es considerado, por la poca gente que tuvo la suerte a acceder a una copia de él, como un texto que debe leerlo cualquier persona que habite estas calles, en las que creemos que los verdaderos lujos son aquellos que podemos medir con un número.
A.L.V. feb/2015
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