Las calles I
Muchos dicen que este lugar es el lugar donde la mala suerte florece hasta por debajo de los adoquines más fríos y llenos de moho que se puedan encontrar. Y me temo que esto es cierto.
Las noches aquí, en estas calles, ya no tienen ese tinte de calidez y tranquilidad que supo lucir en sus años gloriosos. Las esquinas ya no nos invitan a escuchar esos bandoneones y borrachines repletos de notas lindantes con las soledad. Los pibes actuales no conocen aquellas ceremonias intachables en las que se designaban cargos tan importantes como los jugadores de cada equipo de fútbol o la humillante entrega de un competidor a otro de sus mejores bolitas. Estas últimas, ya cansadas de tanto girar, se olvidaron de los secretos que les contamos en otro tiempo. Hasta las viejas chusmas ya no se interesan en los antojos del caprichoso tiempo, ni en su erróneo pronóstico.
Indiscutiblemente, la Abundante Mediocridad, liderada en su mayoría por los Demonios del Tiempo, ha tenido un paso muy profundo por este lugar.
Mi lugar.
Estas calles han sido testigo de incontables hazañas dignas de los caballeros más nobles. Por ejemplo, recuerdo la vez que ayudé a esconderse muy estratégicamente a una compañera del colegio jugando a las escondidas, para luego concretar el beso más inocente y hermoso de la vida.
Y siguiendo la naturaleza de estos hechos, es válido afirmar que un caballero no tiene memoria. Es ésta una verdad tan irrefutable que las explicaciones sobran. Pero con lo cabeza dura que soy se los voy a contar.
Celeste, la chica de los ojos grises, es una muchacha muy especial: posee un andar muy voluptuoso, utiliza palabras concisas y sensatas y por sobre todas las cosas, es dueña de una mirada más tanguera que el tango mismo: nostálgica, tierna, con aire a callecita mojada por la lluvia y también un poco burlona. Son esos ojos los que robaron mi identidad. Como ya dije en el prólogo de estas crónicas, desconozco mi nombre, no recuerdo dónde queda mi casa, no sé quién es mi familia... Esta mujer, al atraparme eternamente con su bello ser, y luego rechazarme de un modo definitivo, se llevó de mí la única parte en la que podía hallar verdades. Es decir, tomó mi alma y la tiró quién sabe por dónde.
Ante este rechazo, ocurrido en Plaza de Las Desgracias, comencé a vagar tristemente pisando hojas de otoño.
Advertido de esto, un demonio se me apareció pidiendo limosnas. Yo sólo lo miré. Tenía aspecto de hombre de fábrica, con ropa sucia de conjunto azul.
El demonio, con palabras muy hábiles, me dijo:
-Sé lo que te pasó, muchacho. -Yo tengo la solución para tan horrendo mal. -Nuestras almas son más crueles de lo que creemos: si no se van, alguien nos las roba.
Con mis ojos turbios le contesté:
-Ya veo que sos uno de esos demonios que abundan hoy en nuestras calles. Debería estar asustado, pero no lo estoy. Sos un ente maligno, pero no creo que superes la crueldad de aquella mujer hermosa. - Decime, ¿cuál es la solución que me ofrecés?
El demonio, con un tono inspirado, me dijo:
- No te voy a pedir que me vendas tu alma porque no la tenés. Sólo te voy a pedir una cosa, si vos primero encontrás mi alma, yo te digo dónde está la tuya.
Ante semejante barbaridad, contesté:
-¡¿Pero cómo querés que encuentre la tuya si ni siquiera se dónde quedó la mía?! No seas sinvergüenza.
Hábilmente, él contestó:
-No, m'hijo: yo soy un demonio. Yo conozco todo de todos pero no se nada de mí. Solamente un mortal, aunque esté vacío como vos, puede devolverme al cielo. si vos conseguís mi alma, dejaré de penar aquí en la tierra y me iré al paraíso, y vos, con tu alma, vas a recuperar tu memoria. Es sabido por todos que sin mi ayuda nunca vas la vas a recuperar.
No tan convencido de esas habladurías, le respondí:
-Y bueh... Qué más da... Acepto. Pero, ¿cómo comienzo a buscar? Quizá de esa manera pueda encontrar mi alma y volver mi memoria incluso antes de encontrar tu alma...
Y tras esta pregunta, el demonio se esfumó, dejando una niebla gris con olor a inmundicia animal. Pero para sorpresa mía, en el lugar donde él se encontraba quedó una nota que decía:
"Buscá por donde quieras, por donde vos creas que sea necesario. Interrogá a la gente conocida, a los no conocidos, a los ingratos, a los nefastos y a las golfas. Metete en los bares. Investigá. Leé historias del barrio... Va a ser muy difícil encontrarla, pero es posible. A partir de ahora me voy a comunicar por estas notas con vos. Cada semana a esta hora pegate una vuelta por este banco. Una nota mía vas a encontrar. No quiero interferir en la búsqueda."
Tras leer la carta, me fui hasta la esquina y me metí al bar de Don Carlos, el viejo de abundante barba blanca, a emborracharme con vino e historias obscenas.
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