Invisibilidad
Bajo la brisa de aquellos tibios vientos de verano, vio el atolondrado camino hacia el pasto que siguió esa flor de azahar que hacía minutos que miraba, encandilado por la semejanza que tenía su blanco color con la piel de aquella hermosa dama que lo acompañaba. Era un blanco paz. Descansaban sobre las escalinatas de una casa –muy especial para ellos–, luego de haber corrido unas cuadras perseguidos por unos niños que jugaban a las atrapadas, con horquetas de metal y túnicas de color celeste claro.
Junto a ella, bajó por las escalinatas de la entrada de aquella casa que pensaba alquilar para poder, finalmente y de una vez por todas, casarse. El silencio adornaba la quietud de esas calles que fueron testigos de su niñez y sus andanzas entre bicicletas mancebas y autos despintados sin alma ni motor.
Cada vez que sentía una pequeña mueca de tristeza, lograba ahogarla en su pecho besando aquella mujer que conoce desde hace muchos años. Y, ¡claro! ¿Cómo no iba a estar enamorado de ella con lo hermosa y perfecta que era? ¿Quién no se enamoraría de aquella niña que supo deslumbrar a todo el barrio –pero especialmente a él- con su pelo color café y sus ojos brillantes?
Ella volvía perfecto su mundo. Hubiera sido inconcebible que en ese momento no estuvieran juntos. Pero ahí estaban, disfrutando del cálido sol de aquel siete de enero, embadurnado con el aroma de las flores de azahar que abundaba en los ligustrinos de aquel soñado hogar.
Cada persona gris que pasaba se asombraba al ver la escena de estos dos: un par de enamorados que podían verse y descubrirse y soñarse uno al otro, sin temor a lo que los escépticos o matemáticos pudieran razonar. Me atrevo a decir que desde aquí, desde mi habitación, se podía sentir el dulce aroma que emanaba la dicha que sentían aquellos dos.
Estas personas que pasaban, poco podían entender del sentimiento que ellos tenían, tan así que miraban con ojos extrañados la escena. Hubieron algunos atrevidos e irrespetuosos que huyeron corriendo despavoridos, ¡pobres incomprensibles a la hora del amor!.
A medida que pasaban los minutos, las horas, los días, los meses, los años; ese amor, o mejor dicho, esa locura crecía un poco más. Muchos envidiosos tiraron con flechas de metal a los enamorados, como intentando sucumbir ese sentimiento incandescente. Incluso hubo quienes quisieron atarlos de pies y manos, intentando evitar que aquellos dos desquiciados logren tocarse.
Pero era imposible. Ellos seguían allí: él la miraba con los mismos ojos soñadores que tenía cuando apenas era un niño de cinco años. Ella era, con una suave y tierna vergüenza -característica de una niña de seis-, observada con detenimiento y serenidad, con suspicacia y precisión, con deleite y frescura.
Hablaron sobre Coqui, el perro labrador que tenía el padre de ella en esa antigua casa en la que vivió en tiempos lejanos, no muy lejos de allí. Recordaron la vez en que él, como símbolo irremplazable de su amor tan precoz y joven, le ofrendó un ramo de flores –de azahar- envueltas, con desprolija delicadeza, en una hoja azul pintada con témperas, para luego ser recompensado con su primer beso, el más hermoso de todos. Hablaron sobre música, cantaron desafinados e, inútilmente, intentaron escribir, sobre las hojas de un sauce llorón, la letra de una canción que solían cantar en otras épocas, en aquellas épocas en las que reinaba la esperanza la ingenuidad y la alegría. Épocas, en esencia, muy parecidas al momento que vivían.
Siguieron caminando varias cuadras hasta que decidieron tomarse un taxi. Él sintió, por un ínfimo momento, una especie de déja-vu. Sin hacer demasiado caso intentó, infructuosamente, detener uno que pasó zumbando muy cerca de sus pies. Sin darse por vencido y con real convicción, siguió intentando frenar alguno, con el sólo objetivo de ir con su amada hasta su casa y redondear lo que fue una tarde espléndida, llena de magia y pasión. Los autos, cada vez más veloces, no frenaban. Ni antes ni después, los autos quisieron frenar, como si ese lugar fuera el único en la tierra en el que los autos nunca paraban, como si un Demonio hubiera decidido, deliberadamente, que allí nadie frenaba. Un poco angustiado, le pidió a su amada ir caminando.
La noche caía más rápidamente de lo que creían: como si el sol estuviera apurado por irse a descansar luego de haber ornamentado aquella empalagosa tarde; como si la luna no quisiera perderse la pureza de este par de enamorados caminando como desesperados en búsqueda de un sueño mayor.
Sin embargo, los Demonios están a la orden del día. A falta de cuatro cuadras, sintieron que una camioneta, equipada con sirena y luces en su techo, detenía su marcha detrás de ellos. Él, aturdido y conmocionado por la situación, decidió tomar de la mano a su prometida y echarse a correr. Casi sin pensar, corrieron. Corrieron lo más rápido que pudieron: abrieron, a las patadas, la puerta de un triste patio fangoso; saltaron con destreza tres paredones que dividen los patios del barrio; se toparon con un perro grandote que ladraba débilmente y con uno pequeño que lo hacía ferozmente; siguieron corriendo por una calle perpendicular que estaba tan vacía como todo ese día, como todo ese momento, como toda su vida... Finalmente, estos hombres, que de por sí estaban muy bien adiestrados, lograron aprehenderlos.
Mejor dicho, lograron aprehenderlo. A él. Al único que se encontraba allí.
A los gritos, imploraba que lo suelten y lo dejen ir a su casa con su amada. Les contó que estaban por casarse y que iban a alquilar una simpática casa que había a varias cuadras de allí. Les contó acerca de las flores de azahar, de las bicicletas, de Coqui, del primer beso…
Rogaba, por favor, que desaten sus manos y sus pies de esa camilla, que lo marcaba y lo lastimaba y lo dejaba sin aire ni fuerzas. Que ya estaba cansado y sólo quería recostarse sobre el cálido pecho de su futura mujer, su única mujer, la dueña eterna de sus locuras. Clamaba, a los cuatro vientos, que dejen de apuñalarlo con esos amargos venenos irritantes y que dejen de embolsarlo dentro de ese chaleco inservible. Gritaba que todos estaban locos, que nadie entendía el amor que él sentía por ella: el amor más puro y sincero que nunca nadie supo tener. Con un grito despavorido y lleno de insultos les contestó cuando le dijeron que su novia había muerto a los seis años en un accidente con un taxi y que la casa llena de flores ya no existía. Creyó herirles el alma al escupirles, sin vergüenza, la palabra ‘insensatos’.
Siguió murmurando aquella cancioncita de amores hasta que se durmió, pensando en la espléndida tarde que había pasado junto a ella.
Los enfermeros, ya acostumbrados a este tipo de escenas, cerraron la puerta, la aseguraron con llave y volvieron a su guardia rutinaria.
¿Por qué conformarnos solamente con lo que hay? ¿Por qué no pelear por nuestros sueños, aunque estemos exhaustos y nos sintamos sin fuerzas para seguir? ¿Por qué no, mejor, luchar por amores imposibles y toparnos así con miles de aventuras? ¿Por qué, en vez de conformarnos con la Abundante Mediocridad, no volvemos emocionantes nuestras vidas con solamente mirar unos ojos que luego jamás existirán?
A veces me dan ganas de gritar, como el tipo del cuento, que la verdadera locura es aquella que pasa por la cordura y la sensatez.
A.L.V. 07/01/15
No hay comentarios.:
Publicar un comentario