jueves, 16 de julio de 2015

El truco en Estas Calles

El truco en Estas Calles


El otro día fui al bar de Don Carlos, el viejo de abundante barba blanca, intentando encontrar alguna aventura que diera un poco de emoción a aquél domingo nefasto y triste. Porque, como ya todos sabemos, los domingos son los días en que los fantasmas melancólicos merodean durante toda la tarde, para desembocar en un ataque demoníaco de tristeza por la noche. Algunos afirman esto diciendo que es un ritual que ellos tienen para comenzar la semana. Otros, simplemente, creemos que lo hacen de lo aburridos que están.
En fin, ingresé al bar con los pocos pesos que tenía en el bolsillo. Enfilé hacia la barra y vi a Don Carlos. Como siempre, lucía su roja nariz gigante, sus ojos algo tediosos (por el humo del pucho, quizá) y su larga y nutrida barba blanca. Esta llamativa característica personal era la que daba nombre al bar: “La Barblanca”, pero todos conocíamos el lugar por “lo de Don Carlos”.
Le pedí un café y me fui a sentar a una de las mesas que da a la calle Dinastía, ya que el bar se encuentra en la esquina de Dinastía y Paso de Los Pobres. Cruel paradoja elegir una mesa de esa calle, cuando mi economía decía que debía ubicarme en una mesa que diera a la otra calle.
Me quedé colgado viendo por el ventanal los autos pasar, expidiendo ese afligido humo negro y pensando en pedirle fuego a una bella señorita que estaba en la otra esquina del bar, como pretexto para iniciar una charla. Cuando llega el café, se me acerca un hombre, de unos cincuenta años, y me dice algo. Yo no entendí bien, ya que estaba pagándole a una de las hermosas morochas que tenía el bar como mesera.
El hombre me vuelve a repetir:
– Te juego, dale.
– ¿A qué? Pregunto yo.
– Al truco, hombre, ¿a qué otra cosa podríamos jugar en este bar?
– Y bueno, siéntese nomás... ¿Por qué jugamos, por un café o por plata?
A lo que el tipo contesta:
– Hagamos así: si yo gano, usted no volverá a pisar este bar por un buen tiempo y yo iré a hablarle a esa hermosa señorita que está allá; ahora, si usted gana, el derecho de ir a hablarle será suyo. ¿Qué le parece?
Asombrado, le pregunto:
– ¿Y usted cómo supuso que yo estaba viéndola?
En tono soberbio, contestó:
– Es que en este bar no existen los misterios. Yo se todo sobre usted y usted lo sabe todo sobre mí. Tal es así que yo se que usted, en este momento, está pensando en que yo voy a hacerle trampa, lo cual puede ser que sea verdad.
Solté una carcajada cómplice y acepté.
El tipo sacó de su bolsillo un mazo de cartas recién comprado (hasta tenía la etiqueta verde del precio), lo abrió, separó los ochos, nueves y comodines y comenzamos a jugar.
En la primera mano, me canta “Falta envido”. Yo, con treinta y uno, obviamente acepté. Como era mano yo, tuve que cantar primero: “treinta y uno, hombre”. El muy suertudo, dice: “treinta y dos son mejores”.
Quedé impresionado. ¿Cómo hizo para tener tanta suerte?
Le pregunté:
– ¿Estás seguro que estas cartas son nuevas? Porque las cartas nuevas generalmente nunca traen tanta suerte.
– Eso es lo que te hicieron creer a vos. Contestó.
Como usted sabrá, me ganó el primer chico de la partida, así que tuvimos que comenzar con el segundo chico. Casi era cuestión de vida o muerte, ya que si él me ganaba, tendría el derecho de ir a hablar con aquella señorita y yo debía abandonar el bar por un buen tiempo.
Por cierto, la mujer seguía sentada allí. Ahora estaba fumando. No tenía más de treinta años, pero la tristeza que mostraba su cara hacía dar cuenta de un pesar que llevaba mucho tiempo. En una de esas, ella gira la cabeza y me mira cómplicemente, como si hubiese entendido la situación y me dijera: “Dale, ganá vos que yo te quiero a vos”. Eso me revitalizó, ya que si yo llegara a perder el juego, supe que la muchacha no sería feliz de hablar con este viejo canoso que estaba sentado delante mío con un mazo de cartas.
– Tenés que dar vos.
Agarré el mazo, ahora con un poco más de motivación, y comencé a mezclar las cartas. El tipo corta y reparto.
“¡Flor!”, cantó el tipo. Por dentro pensé: “Pucha, ¡la suerte que tiene éste!”.
Pero yo canté:
– Contraflor al resto, hombre, ¡y no se me achique, eh!
– Quiero. Treinta y uno.
A lo que respondí:
– ¡Treinta y dos! ¡Qué tarro!
Ahora la historia se daba vuelta, la suerte ya no sabía para lado de quién jugar. Yo metí el segundo chico y faltaba definir. El que ganara, tendría el derecho de ir a hablar con la deslumbrante muchacha; el que perdiera, no pisaría más el bar. ¡Y yo tenía todas las de ganar! La mujer, que de lejos estaba atenta escuchando mis gritos de euforia, seguía alentándome con su mirada.
Le dije al tipo:
– Ahora sí, definamos la historia. Definamos de una vez. Tome el mazo y reparta. Le deseo muy  buena suerte.
Comenzamos el último juego. Yo sentía como si estuviese jugando la final del mundo contra Alemania en Brasil. Cada truco perdido y cada ancho de espada que llegaba a mi mano me hacían sentir el corazón en la garganta. Las manos me transpiraban y mis ojos latían al ritmo de mi corazón, al mismo tiempo que la muchacha seguía mirándonos, hinchando por mí, deseándome la mejor de las suertes. El juego fue demasiado parejo. Hubo envidos ganados con treinta y tres para ambos, y todos los trucos fueron ganados con una carta más alta que un tres. Hasta tengo la sensación de que en ninguna mano estuvo ausente el ancho de espada. Tampoco recuerdo haber visto el cuatro de copas.
Al llegar a la última mano, ambos teníamos veintisiete puntos. El que ganara un envido y un truco, el que ganara un real envido, al que le tocara una flor o varias casualidades más, obtendría el triunfo y el derecho de hablar con aquella mujer. Cada maniobra debía ser pensada de manera astuta e infalible.
Le tocó repartir a él. A mí me tocaron el tres y seis de espada y el siete de oro. Por dentro, sentí que a mi contrincante no le habían tocado buenas cartas. Le canté envido y le gané. Me faltaba sólo un punto para ganar. Yo, desesperado por terminar con la tensión que me generaba el juego, y casi sin pensar, le canté truco y jugué el seis. Él me contestó “Quiero re truco, hombre, terminemos esto de una vez. El que aquí gane, ganará el mundo.” Temeroso, yo acepté. Él tira el ancho de basto y un ancho falso (no recuerdo cuál de los dos). Yo tiro el dos de espada y juego el siete de oro. Pero no se por qué, en ese momento sentí que iba a perder. La mirada tensa e intimidante del canoso, sus dedos con uñas renegridas, y los ojos penetrantes de la muchacha me hicieron dudar un montón, y sentí que la caída era inevitable, a pesar de las buenas cartas que me habían tocado.
El hombre agachó la cabeza y se fue al mazo.
– Tenía el tres de copa. Me voy, ganaste todo lo que apostamos. No me vas a ver por acá hasta dentro de mucho tiempo. Creo que voy a ir a probar suerte por otros bares, y espero no encontrarte ya que te confieso que fuiste el único que me pudo ganar.
El tipo salió por la puerta, con el paso acelerado, hasta perderse entre la multitud de gente que caminaba por la ciudad. Mi café estaba frío, ni siquiera lo había probado, pero me sentía victorioso. Miré hacia la mesa de la otra esquina y allí estaba ella: morocha y sutil a la hora de colocar su mirada.
Apurado, me paré y fui hasta donde estaba ella. Le hablé unas torpes palabras que ya ni recuerdo (o no quiero recordar) pero ella no me miraba.
Me senté en frente de ella y le dije:
- Escuchame, ¿viste ese truco que jugamos con el tipo ese? Lo gané. Y ahora necesito hablarte, ya que si yo llegaba a perder, no te iba a poder hablar y debía abandonar este bar por un tiempo.
A lo que ella responde:
- Hola. ¿No te molestaría correrte un poquito? Aquel pibe me está pasando su número de teléfono.
Miré hacia la mesa donde había estado hacía un momento y vi un tipo idéntico a mi. Con sus manos, le hacía señas de números a la muchacha, la cual anotó un número en una servilleta de papel, para luego salir ansiosa y risueña del bar, tirándole besos con sus manos. Yo me quedé estupefacto. Volví a mirar hacia la mesa y ya no había nadie.

Al parecer, en ese bar se podían ver espejismos del destino, de aquello que tendríamos que haber hecho para que las cosas resulten. O quizás ella fue un espejismo. La cuestión es que me fui muy triste del bar, pero con la certeza de haber vivido lo que fui a buscar: una pequeña aventura. Quizás este fantasma le pasó mi número, y quién sabe si ella no me llamará algún día de estos.
A veces nos apuramos o tardamos demasiado, haciendo las cosas en el momento equivocado, pifiándole incluso por décimas de segundos que, a fin de cuentas, terminan siendo fatales. Hay que cuidarse de los demonios del tiempo.
Mala suerte en el amor, buena suerte en el juego. Yo creo que la suerte no es mala, malo es el destino, y azaroso es el amor.

A.L.V. 17/07/15

domingo, 5 de julio de 2015

Las Calles II

Las Calles II


Me desperté con un dolor de cabeza tremendo. Era como si me hubiesen pasado  por encima doscientos toros. Encima, el molesto brillo del sol que entraba por una hendija mal cerrada de la ventana me encandilaba la vista. Como si todo esto fuera poco, no sabía qué hora era, ni tampoco si era de mañana o las cuatro de la tarde.
Busqué en unas cajas más viejas y encontré una pastilla efervescente que me había ayudado hacía tiempo a curarme de un pesar bastante parecido a este. Me di cuenta que era la pastilla correcta ya que en su envoltorio había escrito, con horrorosa letra, “resaca”. Muchos dicen que esta pastilla es una mentira, que no te saca el dolor de cabeza, pero a mí me resulta seguido.
Miré la hora y eran las once y media de la mañana del domingo 15 de mayo. Desesperado, busqué algo para comer y me bañé. Debía salir a buscar pistas para encontrar el alma del pobre diablo ese que me había encontrado anoche. Sí, tenía que encontrar dónde se hallaba el alma de un demonio para recuperarla y así pudiera volver al cielo, para yo poder recuperar mi memoria. ¡Sí, un demonio que tenía que volver al cielo! ¡¿Cómo hizo para estar en el cielo si en él solamente se encuentran los ángeles?! ¡y ¿cómo hizo para caerse del cielo?! ¡¿Cómo pudo Elisa hacerme todo este mal?! Sí, Elisa era mi mujer amada. La amaba tanto que decidió irse, sumergiéndome en una tortura sepulcral. Todas esas preguntas me avergonzaban. Tenía que encontrar un alma perdida de un demonio odioso para que éste me devuelva la memoria. Qué horror.
Cuando salí del baño, busqué la carta que me había dado el demonio, pero no recordaba dónde la había metido. Quizás los demonios malignos me la robaron, o quizás simplemente yo olvidé dónde la dejé. En fin, la cuestión es que no apareció.
Salí a la calle y comencé a caminar por el barrio. Hacía bastante frío y no había casi nadie en las moribundas calles. Me parece que pasaba eso porque jugaban Boca y River, o quizás porque la gente prefería esconderse de mis pésimas preguntas. Al caminar, pasé por la casa de Mauricio, un viejo compañero de la primaria que siempre lo sabía todo, para solicitarle ayuda en esta inusual búsqueda. Golpeé la puerta y no salió nadie. Volví a golpear y se escuchó el fino ladrido de un perro pequinés. Golpeé nuevamente y salió una señora grande. Era rubia y estaba vestida con un amplio tapado de piel de animal y unos tacos bochinchosos. Le pregunté si Mauricio seguía viviendo allí, a lo que contestó: -¿Mauricio? ¿No sabía usted que hace más de dos años que se fue a vivir al Uruguay con su mujer? Extrañado, le di las gracias y seguí con mi caminata. 
Por dentro, pensaba: quizás este sinvergüenza de Mauricio se llevó el alma del demonio sólo para joderme a mí; pero después pensé que eso era un delirio y seguí caminando.
Al rato, se me dio por ir a la comisaría a preguntar. Pero ¿qué iba a preguntar? ¿tienen en sus registros el alma de un demonio de mameluco azul? Pff, ¡por favor, se me iban a reír en la cara! Así que descarté inmediatamente esa opción. Pero como ya había caminado lo suficiente como para llegar a la Plaza de las Desgracias, decidí sentarme en uno de sus melancólicos bancos.
Al permanecer un tiempo ahí, pude notar varias cosas: los viejos que pasan en bicicleta nunca miran para su lado izquierdo; las muchachas hermosas miran a los caballeros a los ojos, mientras recíprocamente éstos focalizan la vista en los atributos más llamativos de sus cuerpos; pisar una hoja seca sin que se quiebre nos da el secreto de la eterna lucidez de la piel; las viejas chusmas están a la orden del día; el diablo está siempre presente, en todos lados y al mismo tiempo, y no nos damos cuenta.
Permanecí un buen rato allí, tanto que me había acostumbrado al frío y a los regalos de las palomas. Pero antes de volver a casa pude leer, en una de las maderas marrones del banco, una torpe inscripción que decía: “No busques en ésta plaza”. Eso me hizo pensar muy seriamente.
Y como si algo del más allá me hubiese instado a que haga caso a esas palabras, me levanté y me fui derecho a casa, a ver cómo había salido el partido, a reírme con los graciosos de la radio, a soportar las noticias inservibles, a recordar los besos de Elisa y, sobre todo, a esperar el próximo sábado a las nueve de la noche para leer la siguiente nota que me dejara el demonio.

A.L.V. 06/07/15