domingo, 5 de julio de 2015

Las Calles II

Las Calles II


Me desperté con un dolor de cabeza tremendo. Era como si me hubiesen pasado  por encima doscientos toros. Encima, el molesto brillo del sol que entraba por una hendija mal cerrada de la ventana me encandilaba la vista. Como si todo esto fuera poco, no sabía qué hora era, ni tampoco si era de mañana o las cuatro de la tarde.
Busqué en unas cajas más viejas y encontré una pastilla efervescente que me había ayudado hacía tiempo a curarme de un pesar bastante parecido a este. Me di cuenta que era la pastilla correcta ya que en su envoltorio había escrito, con horrorosa letra, “resaca”. Muchos dicen que esta pastilla es una mentira, que no te saca el dolor de cabeza, pero a mí me resulta seguido.
Miré la hora y eran las once y media de la mañana del domingo 15 de mayo. Desesperado, busqué algo para comer y me bañé. Debía salir a buscar pistas para encontrar el alma del pobre diablo ese que me había encontrado anoche. Sí, tenía que encontrar dónde se hallaba el alma de un demonio para recuperarla y así pudiera volver al cielo, para yo poder recuperar mi memoria. ¡Sí, un demonio que tenía que volver al cielo! ¡¿Cómo hizo para estar en el cielo si en él solamente se encuentran los ángeles?! ¡y ¿cómo hizo para caerse del cielo?! ¡¿Cómo pudo Elisa hacerme todo este mal?! Sí, Elisa era mi mujer amada. La amaba tanto que decidió irse, sumergiéndome en una tortura sepulcral. Todas esas preguntas me avergonzaban. Tenía que encontrar un alma perdida de un demonio odioso para que éste me devuelva la memoria. Qué horror.
Cuando salí del baño, busqué la carta que me había dado el demonio, pero no recordaba dónde la había metido. Quizás los demonios malignos me la robaron, o quizás simplemente yo olvidé dónde la dejé. En fin, la cuestión es que no apareció.
Salí a la calle y comencé a caminar por el barrio. Hacía bastante frío y no había casi nadie en las moribundas calles. Me parece que pasaba eso porque jugaban Boca y River, o quizás porque la gente prefería esconderse de mis pésimas preguntas. Al caminar, pasé por la casa de Mauricio, un viejo compañero de la primaria que siempre lo sabía todo, para solicitarle ayuda en esta inusual búsqueda. Golpeé la puerta y no salió nadie. Volví a golpear y se escuchó el fino ladrido de un perro pequinés. Golpeé nuevamente y salió una señora grande. Era rubia y estaba vestida con un amplio tapado de piel de animal y unos tacos bochinchosos. Le pregunté si Mauricio seguía viviendo allí, a lo que contestó: -¿Mauricio? ¿No sabía usted que hace más de dos años que se fue a vivir al Uruguay con su mujer? Extrañado, le di las gracias y seguí con mi caminata. 
Por dentro, pensaba: quizás este sinvergüenza de Mauricio se llevó el alma del demonio sólo para joderme a mí; pero después pensé que eso era un delirio y seguí caminando.
Al rato, se me dio por ir a la comisaría a preguntar. Pero ¿qué iba a preguntar? ¿tienen en sus registros el alma de un demonio de mameluco azul? Pff, ¡por favor, se me iban a reír en la cara! Así que descarté inmediatamente esa opción. Pero como ya había caminado lo suficiente como para llegar a la Plaza de las Desgracias, decidí sentarme en uno de sus melancólicos bancos.
Al permanecer un tiempo ahí, pude notar varias cosas: los viejos que pasan en bicicleta nunca miran para su lado izquierdo; las muchachas hermosas miran a los caballeros a los ojos, mientras recíprocamente éstos focalizan la vista en los atributos más llamativos de sus cuerpos; pisar una hoja seca sin que se quiebre nos da el secreto de la eterna lucidez de la piel; las viejas chusmas están a la orden del día; el diablo está siempre presente, en todos lados y al mismo tiempo, y no nos damos cuenta.
Permanecí un buen rato allí, tanto que me había acostumbrado al frío y a los regalos de las palomas. Pero antes de volver a casa pude leer, en una de las maderas marrones del banco, una torpe inscripción que decía: “No busques en ésta plaza”. Eso me hizo pensar muy seriamente.
Y como si algo del más allá me hubiese instado a que haga caso a esas palabras, me levanté y me fui derecho a casa, a ver cómo había salido el partido, a reírme con los graciosos de la radio, a soportar las noticias inservibles, a recordar los besos de Elisa y, sobre todo, a esperar el próximo sábado a las nueve de la noche para leer la siguiente nota que me dejara el demonio.

A.L.V. 06/07/15

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