El truco en Estas Calles
El otro día fui
al bar de Don Carlos, el viejo de abundante barba blanca, intentando encontrar
alguna aventura que diera un poco de emoción a aquél domingo nefasto y triste.
Porque, como ya todos sabemos, los domingos son los días en que los fantasmas
melancólicos merodean durante toda la tarde, para desembocar en un ataque
demoníaco de tristeza por la noche. Algunos afirman esto diciendo que es un
ritual que ellos tienen para comenzar la semana. Otros, simplemente, creemos
que lo hacen de lo aburridos que están.
En fin, ingresé
al bar con los pocos pesos que tenía en el bolsillo. Enfilé hacia la barra y vi
a Don Carlos. Como siempre, lucía su roja nariz gigante, sus ojos algo tediosos
(por el humo del pucho, quizá) y su larga y nutrida barba blanca. Esta
llamativa característica personal era la que daba nombre al bar: “La
Barblanca”, pero todos conocíamos el lugar por “lo de Don Carlos”.
Le pedí un café
y me fui a sentar a una de las mesas que da a la calle Dinastía, ya que el bar
se encuentra en la esquina de Dinastía y Paso de Los Pobres. Cruel paradoja
elegir una mesa de esa calle, cuando mi economía decía que debía ubicarme en
una mesa que diera a la otra calle.
Me quedé colgado
viendo por el ventanal los autos pasar, expidiendo ese afligido humo negro y
pensando en pedirle fuego a una bella señorita que estaba en la otra esquina
del bar, como pretexto para iniciar una charla. Cuando llega el café, se me
acerca un hombre, de unos cincuenta años, y me dice algo. Yo no entendí bien,
ya que estaba pagándole a una de las hermosas morochas que tenía el bar como
mesera.
El hombre me
vuelve a repetir:
– Te juego,
dale.
– ¿A qué?
Pregunto yo.
– Al truco,
hombre, ¿a qué otra cosa podríamos jugar en este bar?
– Y bueno,
siéntese nomás... ¿Por qué jugamos, por un café o por plata?
A lo que el tipo
contesta:
– Hagamos así:
si yo gano, usted no volverá a pisar este bar por un buen tiempo y yo iré a
hablarle a esa hermosa señorita que está allá; ahora, si usted gana, el derecho
de ir a hablarle será suyo. ¿Qué le parece?
Asombrado, le
pregunto:
– ¿Y usted cómo
supuso que yo estaba viéndola?
En tono
soberbio, contestó:
– Es que en este
bar no existen los misterios. Yo se todo sobre usted y usted lo sabe todo sobre
mí. Tal es así que yo se que usted, en este momento, está pensando en que yo
voy a hacerle trampa, lo cual puede ser que sea verdad.
Solté una
carcajada cómplice y acepté.
El tipo sacó de
su bolsillo un mazo de cartas recién comprado (hasta tenía la etiqueta verde
del precio), lo abrió, separó los ochos, nueves y comodines y comenzamos a
jugar.
En la primera
mano, me canta “Falta envido”. Yo, con treinta y uno, obviamente acepté. Como
era mano yo, tuve que cantar primero: “treinta y uno, hombre”. El muy suertudo,
dice: “treinta y dos son mejores”.
Quedé impresionado.
¿Cómo hizo para tener tanta suerte?
Le pregunté:
– ¿Estás seguro
que estas cartas son nuevas? Porque las cartas nuevas generalmente nunca traen
tanta suerte.
– Eso es lo que
te hicieron creer a vos. Contestó.
Como usted
sabrá, me ganó el primer chico de la partida, así que tuvimos que comenzar con
el segundo chico. Casi era cuestión de vida o muerte, ya que si él me ganaba,
tendría el derecho de ir a hablar con aquella señorita y yo debía abandonar el
bar por un buen tiempo.
Por cierto, la mujer
seguía sentada allí. Ahora estaba fumando. No tenía más de treinta años, pero
la tristeza que mostraba su cara hacía dar cuenta de un pesar que llevaba mucho
tiempo. En una de esas, ella gira la cabeza y me mira cómplicemente, como si
hubiese entendido la situación y me dijera: “Dale, ganá vos que yo te quiero a
vos”. Eso me revitalizó, ya que si yo llegara a perder el juego, supe que la
muchacha no sería feliz de hablar con este viejo canoso que estaba sentado
delante mío con un mazo de cartas.
– Tenés que dar
vos.
Agarré el mazo,
ahora con un poco más de motivación, y comencé a mezclar las cartas. El tipo
corta y reparto.
“¡Flor!”, cantó
el tipo. Por dentro pensé: “Pucha, ¡la suerte que tiene éste!”.
Pero yo canté:
– Contraflor al
resto, hombre, ¡y no se me achique, eh!
– Quiero.
Treinta y uno.
A lo que
respondí:
– ¡Treinta y
dos! ¡Qué tarro!
Ahora la
historia se daba vuelta, la suerte ya no sabía para lado de quién jugar. Yo
metí el segundo chico y faltaba definir. El que ganara, tendría el derecho de
ir a hablar con la deslumbrante muchacha; el que perdiera, no pisaría más el
bar. ¡Y yo tenía todas las de ganar! La mujer, que de lejos estaba atenta
escuchando mis gritos de euforia, seguía alentándome con su mirada.
Le dije al tipo:
– Ahora sí, definamos
la historia. Definamos de una vez. Tome el mazo y reparta. Le deseo muy buena suerte.
Comenzamos el
último juego. Yo sentía como si estuviese jugando la final del mundo contra
Alemania en Brasil. Cada truco perdido y cada ancho de espada que llegaba a mi
mano me hacían sentir el corazón en la garganta. Las manos me transpiraban y
mis ojos latían al ritmo de mi corazón, al mismo tiempo que la muchacha seguía
mirándonos, hinchando por mí, deseándome la mejor de las suertes. El juego fue
demasiado parejo. Hubo envidos ganados con treinta y tres para ambos, y todos
los trucos fueron ganados con una carta más alta que un tres. Hasta tengo la
sensación de que en ninguna mano estuvo ausente el ancho de espada. Tampoco
recuerdo haber visto el cuatro de copas.
Al llegar a la
última mano, ambos teníamos veintisiete puntos. El que ganara un envido y un
truco, el que ganara un real envido, al que le tocara una flor o varias
casualidades más, obtendría el triunfo y el derecho de hablar con aquella
mujer. Cada maniobra debía ser pensada de manera astuta e infalible.
Le tocó repartir
a él. A mí me tocaron el tres y seis de espada y el siete de oro. Por dentro,
sentí que a mi contrincante no le habían tocado buenas cartas. Le canté envido
y le gané. Me faltaba sólo un punto para ganar. Yo, desesperado por terminar
con la tensión que me generaba el juego, y casi sin pensar, le canté truco y
jugué el seis. Él me contestó “Quiero re truco, hombre, terminemos esto de una
vez. El que aquí gane, ganará el mundo.” Temeroso, yo acepté. Él tira el ancho
de basto y un ancho falso (no recuerdo cuál de los dos). Yo tiro el dos de
espada y juego el siete de oro. Pero no se por qué, en ese momento sentí que
iba a perder. La mirada tensa e intimidante del canoso, sus dedos con uñas
renegridas, y los ojos penetrantes de la muchacha me hicieron dudar un montón,
y sentí que la caída era inevitable, a pesar de las buenas cartas que me habían
tocado.
El hombre agachó
la cabeza y se fue al mazo.
– Tenía el tres
de copa. Me voy, ganaste todo lo que apostamos. No me vas a ver por acá hasta
dentro de mucho tiempo. Creo que voy a ir a probar suerte por otros bares, y
espero no encontrarte ya que te confieso que fuiste el único que me pudo ganar.
El tipo salió por
la puerta, con el paso acelerado, hasta perderse entre la multitud de gente que
caminaba por la ciudad. Mi café estaba frío, ni siquiera lo había probado, pero
me sentía victorioso. Miré hacia la mesa de la otra esquina y allí estaba ella:
morocha y sutil a la hora de colocar su mirada.
Apurado, me paré
y fui hasta donde estaba ella. Le hablé unas torpes palabras que ya ni recuerdo
(o no quiero recordar) pero ella no me miraba.
Me senté en
frente de ella y le dije:
- Escuchame, ¿viste
ese truco que jugamos con el tipo ese? Lo gané. Y ahora necesito hablarte, ya
que si yo llegaba a perder, no te iba a poder hablar y debía abandonar este bar
por un tiempo.
A lo que ella
responde:
- Hola. ¿No te
molestaría correrte un poquito? Aquel pibe me está pasando su número de
teléfono.
Miré hacia la
mesa donde había estado hacía un momento y vi un tipo idéntico a mi. Con sus manos,
le hacía señas de números a la muchacha, la cual anotó un número en una
servilleta de papel, para luego salir ansiosa y risueña del bar, tirándole
besos con sus manos. Yo me quedé estupefacto. Volví a mirar hacia la mesa y ya
no había nadie.
Al parecer, en
ese bar se podían ver espejismos del destino, de aquello que tendríamos que
haber hecho para que las cosas resulten. O quizás ella fue un espejismo. La
cuestión es que me fui muy triste del bar, pero con la certeza de haber vivido
lo que fui a buscar: una pequeña aventura. Quizás este fantasma le pasó mi número, y quién sabe si ella no me llamará algún día de estos.
A veces nos apuramos o tardamos demasiado, haciendo las cosas en el momento equivocado, pifiándole incluso por décimas de segundos que, a fin de cuentas, terminan siendo fatales. Hay que cuidarse de los demonios del tiempo.
Mala suerte en
el amor, buena suerte en el juego. Yo creo que la suerte no es mala, malo es el
destino, y azaroso es el amor.
A.L.V. 17/07/15